domingo, 4 de julio de 2010

El amor negativo y la curación emocional

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Por: Berta Sperber,Directora Nacional del Hoffman Institute


Todo empieza con esa primera experiencia infantil en la que se comprueba que uno no es amado por lo que es, sino por lo que debe llegar a ser; en mayor o menor medida, todos somos víctimas de ese amor negativo, un amor que pone condiciones para ofrecerse.

Con el concepto de "amor negativo", que acuñó en 1967 Bob Hoffman, se explican buena parte de los padecimientos de las personas y su desconexión con el mundo emocional.

El amor negativo es la evidencia de la persona de sentirse indignada de ser amada, que viene de haber sentido que sus padres no lo reconocieron como quien era realmente, sino que se dedicaron a educarlo como quien debía ser.

Desde ahí la persona se desconecta de su propio ser y empieza a trabajar -desde muy chico-, para satisfacer las expectativas de los padres o, si sufrió mucho en la infancia, para rebelarse y ser lo opuesto a aquello que se esperaba de él.

Tal vivencia genera una paradoja emocional: "soy querible en tanto no sea quien soy y sea lo que los demás esperan de mí".

Tal condición queda grabada en el plano emocional y hace que, en nombre del amor, las personas se sometan a los demás, acepten chantajes para ser amados y se dejen manipular.

Esas personas sienten que sus propias sabidurías son algo de lo que se debe descreer.

De esta forma es como somos entrenados en vivir mal. La idea de paternidad está aprendida y se copia de los propios padres, se transmite de generación en generación.

El adulto mira al niño como alguien que no sabe nada y a quien hay que educar. No se mira al chico como a un ser que llega a este mundo sabiendo muchísimo y que lo único que no sabe es el código para expresarlo.

Como eso no es tomado en cuenta, se "graba" el rechazo al propio ser. En la vida adulta, para recuperar la conexión con uno mismo, lo primero es tomar conciencia de que todo aquello que es negativo para la propia vida fue aprendido.

Claro que abrirse a los recuerdos implica dar paso a un cúmulo de emociones que en nuestra cultura son definidos como "negativas": la rabia, el dolor, la culpa, el odio, la venganza... vivencias que un niño experimenta cuando se siente maltratado o no tomado en cuenta, pero que muy pocas veces puede expresar.

Aprendemos desde muy chicos a reprimir emociones. Pero cuando se liberan, vuelven los recuerdos y la persona empieza a darse cuenta de que, en realidad, todo lo que le pasa en su vida adulta, lo que se repite o le ocurre a pesar de sí mismo, fue aprendido de los padres, desde la concepción hasta la pubertad.

Al no poder recordar dónde lo aprendió, supone que esas desventuras son la confirmación de que hacía algo mal... Toda persona cuenta con cuatro aspectos: lo intelectual, lo emocional, lo espiritual y lo corporal.

Pero cuando somos víctimas del amor negativo, solemos tener nuestro intelecto dominando nuestras vidas.

Así, queremos resolver todo desde la cabeza, que es el más pobre de los cuatro aspectos para crecer en lo desconocido.

El intelecto siempre necesita experiencias viejas para saber como seguir. En cambio, nuestra parte emocional, la espiritual y nuestro cuerpo tienen mensajes, idiomas, percepciones rápidas y adecuadas para todas las situaciones desconocidas, que nos hacen sentir seguros.

Sin dejar al intelecto afuera, sino ocupando su justa proporción, necesitamos recuperar los tres aspectos que están relegados e integrarlos en una quadrinidad en al que cada uno aporte la información y los recursos necesarios para conformar un ser íntegro, poderoso y amoroso.

Este trabajo de integración requiere un fuerte hincapié en la apertura de lo emocional, que también es el camino hacia lo espiritual.

Cuando la persona recupera ciertos derechos, por ejemplo el derecho a enojarse por aquellas cosas que le hicieron daño, recupera el derecho a autoafirmarse en la vida, porque la rabia es una emoción muy saludable para los seres humanos en tanto pone límites y ayuda a avanzar, a ser audaz, a despegar.

Lo que nos asusta de la rabia son las formas inadecuadas de expresión; pero habitualmente se termina reprimiendo la emoción y no las formas inadecuadas, porque los padres no conocían otras formas.

Cuando la persona recupera esos derechos, ocurre que de pronto está integrado y eso no es algo muy difícil.

Lo emocional no es elaborativo, así que no necesita meses ni años de maduración: necesita "ver".

A diferencia de nuestro intelecto, que precisa tiempo para comprender, analizar, elaborar... lo emocional no, y la grabación que produce el rechazo del propio ser está en el plano emocional.

Allí donde se abre la experiencia emocional, la persona empieza a recibir mensajes de qué le pertenece y qué no, qué fue aprendiendo y qué no. Así nos damos cuenta de quiénes no somos, rompemos con una serie de creencias, prejuicios y valores mal entendidos y desde lo emocional captamos que somos seres amorosos, dueños de un amor sin condiciones, con una capacidad de compasión y perdón para los demás y para nosotros mismos que nos hace muy poderosos.

La mayoría de las personas -explícitamente o no- se sienten inseguras en sus encuentros profundos, dudan de sus propias capacidades, sienten sobre sí mismos o desplazan hacia los otros una tríada integrada por la crítica, el enjuiciamiento y la culpa.

Según el autor norteamericano Robert Hoffman, viven día tras día y sin advertirlo el "síndrome del amor negativo".

"Su gran descubrimiento es esta vivencia, que nos hace sentir indignos de ser amados y que es causa del chantaje emocional que todos hacemos en nombre del amor", dice la licenciada Berta Sperber, socióloga (UBA) y psicóloga (UB), que introdujo y aplica en la Argentina el Proceso Hoffman de la Quadrinidad: emoción, intelecto, espíritu y cuerpo.

Según Hoffman (que murió en 1997) y Sperber, su traductora entre nosotros, desde muy pequeños aprendemos que para ser amados debemos cumplir con determinados requisitos. Así las cosas, la "lealtad" es llenar las expectativas impuestas por los padres. Y esto, de lo que nadie tiene la culpa, pero nos hace sentir culpables a todos, se hereda ciegamente de generación en generación.

"Vivimos poniendo condiciones, parece que uno tuviera que hacer esfuerzos para ser querido -dice Sperber-. Eso es el amor negativo. El amor incondicional, que es lo que este método abre, dice que el amor es un derecho, no algo por conquistar..."

El Proceso Hoffman vuelve conscientes los modelos infantiles. "A partir de la adolescencia, repetimos compulsivamente una sucesión de imágenes formadas desde la concepción y hasta la pubertad -dice la psicóloga- que funciona como visión indiscutible de la realidad."

Hoffman se centra en las cuestiones de poder, o, visto de otro modo, en el estar a merced de otros. "Eso es lo que sentimos cuando somos niños y dependemos totalmente de papá y mamá -afirma Sperber-. Para la vivencia emocional de un niño, sentir la desaprobación, el rechazo, la distancia o la falta de contacto de los padres son vividos como su culpa."

Según Sperber, el mundo emocional del niño no distingue entre elecciones y obligaciones. Por ejemplo: cuando una mujer deja a su bebe pequeño porque tiene que ir a trabajar, seguramente ese chiquito sentirá la ausencia. ¿Entonces? "Es la misma culpa la que hace que estos temas ni se nombren o que muchas mamás se vayan corriendo. Y, sin embargo, los niños, aun los bebes, necesitan que les comuniquen, con palabras o con gestos, que esta separación momentánea no es su culpa", dice Sperber.

Lo aparentemente contrario, la sobreprotección y el pegoteo, cría chicos inseguros, que siempre necesitan el "empujón" de otro.

Son la contracara (no menos sufriente) de esos hijos a quienes se los deja hacer sin límites y van por la vida a los tumbos, porque sus padres se prometieron a sí mismos no ser autoritarios como fueron con ellos, ignorando que también se equivocan.

El Proceso Hoffman supone un trabajo intensivo de una semana en la que un grupo de personas se reúne en un lugar alejado del contacto con otros conocidos, junto a un equipo de terapeutas. "Hay distintos ejercicios y consignas -explica la licenciada Sperber-, que cada uno vive en forma individual. El método nos va llevando y, en determinado momento, hacia el cuarto y quinto día, estando en plena infancia a nivel emocional, nos enfrentamos imaginariamente con nuestros padres, pero también cuando ellos eran niños. El contacto será de niño a niño y ahí el método nos enfrenta a una decisión: ¿podemos ayudarlos en lo que sentimos que ellos no nos ayudaron a nosotros? Nunca, en todos los casos que hemos tratado, hubo alguien que se negara en ese ejercicio a ayudar a sus padres. En el momento en el que decidimos darles lo que ellos no pudieron darnos a nosotros, porque no sabían o porque no había, rompemos la dependencia emocional negativa que nos une a ellos. Y ahí empieza para nosotros el amor incondicional, y nuestra libertad."

Preguntas sobre la infancia

Una puerta de ingreso a ese viaje interior que propone el método es hacerse preguntas sobre la niñez. Por ejemplo:

-¿Sentís que fuiste un hijo deseado?

-¿Mamá y papá estaban presentes, pero no totalmente disponibles?

-¿Fuiste abandonado/a por divorcio o muerte de tus padres?

-¿Cómo eras de niño?

-¿Cuánto importaban en tu casa el dinero, el trabajo, el éxito, la sexualidad, el status, la salud, la limpieza?

-¿Qué transmitía el lenguaje corporal de tus padres? ¿Eran abiertos y comunicativos? ¿Se escuchaban?

-¿Recordás que tu madre o tu padre te hayan abrazado y dicho que te amaban mucho?

-¿Cómo eran tus padres cuando estaban enojados?

-¿Cuál era la figura de autoridad y qué sucedía si se desafiaba?

-¿Cómo se comportaba tu familia cuando estaba deprimida?

-¿Tus padres eran estables o corrían todo el tiempo ?

-¿Qué pasaba si estabas enfermo?

-¿Quién era la víctima del sistema familiar?

-¿Qué hacían tus padres cuando vos y tus hermanos se portaban mal?

-¿Había rivalidad entre los hijos?

-¿Cómo reaccionaban cuando traías el boletín?

-¿Mostraban el sexo como algo saludable y limpio o como algo que había que temer u ocultar?


Para bien o para mal, cuando eras niño integraste a tus padres dentro de ti. Quizá. te hayas sorprendido alguna vez diciendo: "Acabo de hablar como mi padre." "¡Pero bueno, si estoy actuando como mi madre!." "¿Por qué estoy haciendo esto?, mi madre (o mi padre, o ambos) solían hacerlo". "Odiaba que ellos lo hicieran y aquí estoy, haciéndolo yo también."
Si crees que no has integrado los comportamientos de tus padres, ¿cómo es que en momentos cruciales te conduces compulsivamente como ellos, incluso aunquew no quieras?
Es fácil entender por qué en la niñez emulamos las conductas y las características positivas de los padres, pero resulta más difícil comprender por qué imitamos sus conductas negativas. Curiosamente, los estudiosos no han dado demasiada importancia a este galimatías. Si en la infancia condenamos lo negativo de nuestros padres, ¿por qué entonces asimilamos los mismos hábitos autodestructivos? La pregunta que todos debemos hacernos es: ¿Por qué hemos hecho lo mismo con nosotros?

En 1967 expuse la explicación de lo que denominé síndrome del amor negativo. El amor negativo es el impulso humano más paralizador; es la adopción de las conductas, estados de ánimo, características y mensajes negativos (abiertos o encubiertos) de nuestros padres. Por causa del amor negativo, en la infancia adquirimos estos comportamientos a fin de:
1) no superar a nuestros padres, con la esperanza de que ellos nos acepten y nos amen y
2) para castigarlos subconscientemente, como venganza por habernos reducido a su propio nivel. ¿Cuál es el resultado? Vergüenza, culpa y autocastigo.
Con la primera parte de esta reacción, pedimos a nuestros padres que nos acepten por ser como ellos; con la segunda expresamos disimuladamente nuestro resentimiento por sus limitaciones. Cuando reflejamos a nuestros padres sus propios errores, les molestamos, les enfurecemos, les hacemos sufrir y sentirse culpables: es la venganza por no recibir su amor y aceptación constantes. Por supuesto, en la balanza final los que más sufren de vergüenza, culpa y autocastigo somos nosotros.

Hay quienes se enfrentan incluso a la muerte para poder justificar y cumplir sus fines vengativos. ¿Tiene algún valor reaccionar así ante los padres? Sí, lo tiene en un mundo al revés: el amor negativo es lógica ilógica, cordura loca, razón sin razón. Es poderoso porque es un dilema sin solución. ¿Qué otro motivo induciría a elegir esta actitud?
El amor negativo es una pescadilla que se muerde la cola: sólo se gana cuando se pierde. Se sufre y, lo que es peor, también sufren los hijos de los que sufren, puesto que los comportamientos se transmiten. Como dice la Biblia, "los pecados de los padres recaerán sobre los hijos de generación en generación."
El Proceso Intensivo no pretende erradicar todas las llamadas conductas negativas. Hay momentos en los que se justifica un comportamiento aparentemente negativo. Hay ocasiones en las que es apropiado enfadarse. Por ejemplo, una mujer acosada por un hombre que la quiere violar hace uso de sus conocimientos de kárate, le propina al atacante una patada en la ingle y lo deja fuera de combate. Ha utilizado con todo derecho rasgos de indignación justiciera y hostilidad agresiva.

Existe una diferencia entre el rasgo que nos utiliza y el que nosotros utilizamos. La conducta programada, compulsiva y autodestructiva que se basa en el amor negativo nos utiliza y abusa de nosotros. Una vez que nos desembarazamos de la programación negativa, recuperamos por entero el libre albedrío y la capacidad para elegir la conducta adecuada. En el síndrome del amor negativo, hay tres modos básicos de reaccionar:
1.Trascendencia. En el caso de algunos rasgos no emotivos, a veces somos capaces de trascender las características negativas de nuestros padres sin sentir conflicto interno. Pero desafortunadamente muy pocos rasgos se trascienden cuando aún no se ha erradicado el síndrome del amor negativo.
2 Adopción. Esta es la reacción más común, la de adquirir por completo los rasgos parentales. Por ejemplo, podemos adoptar un rasgo negativo como la "crítica" y después a) ser crítico con nosotros mismos, b) criticar a los demás, o c) conseguir que los demás nos critiquen. Si además el rasgo proviene de la madre y del padre, es doblemente devastador y resulta casi imposible rebelarse contra él.
3 Conflicto. Adoptar el rasgo y al mismo tiempo rebelarse contra él puede provocar un interminable tira y afloja interno. Supongamos que a uno le disgusta una característica de uno de sus padres sus consecuencias; así pues, lo elimina y adopta una conducta alternativa. Pero aun actuando de la forma alternativa, la voz negativa interior no se acalla y lo arrastra en la dirección opuesta. Es un conflicto de tira y afloja: a veces procedemos con la conducta adoptada y a veces con la alternativa. Este vaivén genera una ansiedad y un conflicto aun mayores.
Es preciso recordar que al adquirir los rasgos de ambos padres con el fin de no superarles, nos vemos forzados a desempeñar los dos papeles. Por ejemplo, la madre es tranquila y apaciguadora, jamás expresa rabia; el padre, por su parte es hostil y agresivo. Exteriormente, el hijo se comporta como su madre, pero la hostilidad interna reprimida en su interior es como la lava hirviente de un volcán en espera del momento adecuado para entrar en erupción Se ha demostrado que las personas que maltratan a sus hijos fueron a su vez objeto de vejaciones en la infancia. He aquí un claro ejemplo del síndrome del amor negativo.

En la dolorosa agonía de su niñez, quizá se juraron a sí mismos que cuando crecieran y tuvieran hijos nunca les pegarían ni se comportarían como sus padres lo hicieron con ellos. Pero en la madurez rara vez son capaces de vivir conforme a esas buenas intenciones. Si lo consiguen, el impulso emocional oculto se manifiesta en alguna otra forma de comportamiento destructivo. Lo normal, sin embargo, es que estas personas, que fueron maltratadas cuando niños, acaben golpeando y zahiriendo a los hijos a pesar de sus buenas intenciones. Cada vez que lo hacen, su propio Niño interior llora y grita en silencio: "¿Ves, mamá, papá? Hago daño a mi hijo y le pego como tú me pegabas a mí. No soy mejor que tú, no te he superado, soy como tú. ¿Me querrás ahora?". Mientras maltratan a sus hijos también sienten remordimiento, pero al igual que los alcohólicos y los drogadictos, no tienen fuerza para detenerse. Ciertas organizaciones como Alcohólicos Anónimos, las instituciones para la prevención de malos tratos a la infancia y las asociaciones de padres han conseguido aliviar la culpa y el remordimiento que aniquilan a este tipo de individuos.

No obstante, se puede ir más allá: el impulso inconsciente de maltratar a los hijos se puede erradicar, cuando se ha comprendido el síndrome del amor negativo que lo origina. Analicemos ahora un problema menos dramático pero igualmente paralizador. Se trata del caso de una joven que tuvo lo que ella consideraba una infancia, una vida hogareña y unos padres normales y agradables. Su padre la adoraba, si acaso, la amaba en exceso; ella era su hija favorita, la niña de sus ojos. Al crecer se convirtió en una mujer incapaz de aceptar una relación amorosa con ningún hombre, pues hacerlo era permitir que alguien superara a papá, nadie podía ser mejor que su padre para ella, no fuera a ser que él dejara de quererla. Por mucho que deseara el amor en su

había en ella clamaba: "¿Ves papá?." No dejo que nadie intime más conmigo ni me ame más que tú. Nunca habrá nadie más importante para mí, siempre seré tu hijita. ¿Me sigues queriendo?". Y de esta forma se vengaba subconscientemente de su padre por haberla amado demasiado
.
Ahora piensa en la preocupación de su padre porque ella no se ha casado ni le ha dado nietos, lo cual refleja su ineptitud como padre, y pone de manifiesto su sentimiento de culpa por no haber encaminado correctamente a su hija hacia una vida plena. Aquí hacen su entrada la vergüenza, la culpa y el autocastigo. Y es que, irónicamente, cuando está en funcionamiento el amor negativo fracasan incluso los padres mejor intencionados. Por mucho que se esfuercen, igualmente pierden: dilema sin salida. En el otro extremo tenemos a los niños que nunca se sintieron queridos ni aceptados por uno de sus padres o por ambos. Los adultos con este pasado anhelan e idealizan el amor que han leído en los libros o visto en el cine o la televisión, pero su programación negativa "no mereces amor", impide que sus sueños se conviertan en realidad. Aun cuando tratan de representar el papel y mostrarse cariñosos el programa interior negativo destruye compulsivamente el intento. Es la encarnación de una profecía que se cumple una y otra vez y que debe exorcizarse, o continuará hasta que la muerte nos lleve de este mundo.
Con el fin de ilustrar las fases de la adopción de los rasgos del amor negativo, vamos a utilizar las pautas caracterizadas por las expresiones "indiferente", "nada afectuoso", "incapaz de prestar apoyo" y a seguir los pasos de esa programación sadomasoquista de lógica ilógica, cordura loca y razón sin razón.
1. La madre, el padre o ambos no demuestran cariño, respaldo ni amor, ni entre ellos ni a su hijo.
2. El niño aprende y adopta este comportamiento para comprar el amor de sus padres. Su respuesta inconsciente es: a) "¿Ves, mamá (o papá)? Ahora soy como tú, ni doy ni me merezco amor. No soy mejor que tú, ¿me querrás ahora?" b) "Vale, no te importo, no me apoyas ni me quieres. ¡Ya verás! Te voy a reflejar tu propia conducta negativa. ¿A que tampoco te gusta verla en ti?"
3. "Ja, ja, ya no me importa nada lo que me pase si al menos me desquito contigo." (Venganza.)
4 "¡No, por favor! ¡Ahora sí que la he fastidiado! Ya no me querrás nunca más. Me siento avergonzado y culpable."
5 "Bueno, para mitigar la culpa, puedo conseguir que los demás me rechacen y así cumplir tu programa de que no merezco amor."
6. "Para continuar siendo indigno de amor voy a adoptar y a utilizar los rasgos negativos de los dos, voy a rechazar y a reprimir mi esencia positiva innata, exactamente como vosotros.". ¿Qué es esto si no autocastigo?
7. "¿Me querréis ahora? Soy igual que vosotros".
Es un círculo vicioso terrible y demoledor: adoptamos los rasgos negativos para obtener amor, pero a consecuencia de ellos nos sentimos culpables, indignos de amor, incapaces de dar amor libremente, por el sencillo motivo de darlo. En lugar de ello, elegimos el autocastigo: drogas, alcohol, violencia familiar, conducta delictiva y otras actitudes negativas que tienen su raíz en el síndrome del amor negativo. Observemos el tira y afloja de una persona que creció sintiéndose amada por uno de sus padres y no por el otro. Gracias al amor positivo recibido; este adulto demuestra afecto a su cónyuge, pero intervienen los mensajes del amor negativo procedentes del padre que no lo quería y crean situaciones de rechazo.
En la obra "Por tu propio bien" de la doctora Alice Miller, aunque no se identifica explícitamente el síndrome de amor negativo, se defiende la premisa de que la programación infantil es la razón de la conducta negativa. En su libro anterior, "El drama del niño dotado", relata una interesante anécdota sobre Marie Hesse, la madre del famoso poeta y novelista Herman Hesse. En su diario, Marie Hesse describe cómo sus padres consiguieron anular su voluntad a los cuatro años. Más tarde el comportamiento desafiante de su hijo Herman a esa misma edad le producía tal sufrimiento que se vio "obligada" a tomar medidas contra el niño. Hasta que Herman cumplió los quince años, Marie intentó anular la voluntad de su hijo igual que su madre había hecho con ella, Ilegando incluso a meterlo en un correccional «por su propio bien», como para decirle a su propia madre: "Mamá ¿me querrás ahora?". No es más ; que otro ejemplo rotundo de cómo se transmite el amor negativo de generación en generación.
El libro "Mi madre, yo misma" de Nancy Friday contiene muchas muestras del síndrome del amor negativo. Una de ellas es, el siguiente testimonio de la relación de una mujer con su madre: "Si tan sólo hubiera podido decirle a mi madre cuánto la quería antes de que muriera...», me dice una mujer. «Tenía sus defectos, pero éstos sólo eran actos reflejos. No podía evitar reñirme y criticarme, igual que no puede dejar de estornudar cuando le pica la nariz. Formaba parte de su sistema nervioso. Ahora ya no podré decirle lo que sentía realmente por ella, es demasiado tarde."

Nancy Friday comenta más adelante: Esta conversación me parece espeluznante, triste y desconcertante. Si acaso, esta mujer es incluso más quejosa y crítica que su madre, lo que la ha conducido al divorcio y a apartarse de su hija. ¿Por qué, si hemos tenido una relación destructiva con nuestra madre le damos la vuelta cuando muere y de pronto sólo hablamos de nuestro amor por ella? A continuación Nancy Friday sugiere una razón: "La forma habitual de evitar el miedo a ver lo que odiamos de nuestra madre es dejarnos llevar por el sentimentalismo".
Este sentimentalismo constituye una "defensa contra la rabia", según su colega el doctor Robertiello, a quien Nancy cita. Sin duda alguna esto es cierto, pero consideremos otra posibilidad. ¿No estaba esta mujer ciega ante su ceguera? Sin tener conciencia de ello representaba automáticamente el síndrome del amor negativo. Su niña interior susurraba tres cosas:
1) "¿Ves, mamá? Soy como tú. ¿Me querrás ahora?";
2) "Ay, mamá no era culpa tuya; porque si te culpo a ti también tendré que culparme yo y eso sería muy doloroso". 3) "Entonces, lo que haré será defenderte y decir que no lo podías evitar, que formaba parte de tu sistema nervioso, y por lo tanto también del mío. Si te defiendo, me defiendo a mí misma. ¿Me querrás ahora? Si tú me quieres, quizá yo también pueda amarme". A pesar de su razonamiento defensivo, de intentar disfrazar con perfume el hedor del vertedero, astutamente se venga de su madre (haya muerto o no) al reflejarle su conducta negativa. La reivindicación de la memoria de su madre y la justificación de su manera de actuar nacen de la negación de sí misma, la necesidad de defenderse, la vergüenza y la culpa. Esto no le devuelve a su madre, no le compra el amor materno que le faltó de niña, ni le procura felicidad en el amor.
Es otro círculo vicioso. La ceguera y la necesidad de venganza han producido su fruto amargo y ha perdido a su marido y a su hija. Siempre ha sido difícil definir el amor, pero podríamos considerar esta posible definición: El amor es la bondad emocional que emana del alma y del corazón y se vierte y derrama primero en uno mismo y luego en los que nos rodean. La verdad primordial de esta definición es que nadie puede dar amor a menos que lo posea. Lo que suele confundirse con amor es meramente el fingimiento o representación del amor con el fin de recibir o conseguir el afecto de los demás. El verdadero amor sólo puede manifestarse cuando nos aceptamos y nos amamos a nosotros mismos. Entonces sí podemos dar por dar y dejar de preocuparnos por lo que recibimos a cambio. Lo que es nuestro lo tendremos en cualquier circunstancia.

El amor negativo es una adicción compulsiva que mina nuestra capacidad para amar con libertad. Este amor negativo nos ha dominado demasiado tiempo. ¿No es ya hora de que nos desenganchemos de nuestros padres y superemos el "mono"? Cuando niños nos esforzamos siempre por ganarnos el amor de nuestros padres. Para ello pagamos un precio muy alto. En esa identificación negativa con los padres, de hecho uno traiciona a su alma y la entierra bajo el barro y el fango del comportamiento de amor negativo.
Este libro trata precisamente del modo de recuperar la verdadera esencia y limpiar la negatividad que la cubre: La ceguera ante la ceguera es la causa de que vivas descorazonado y sin libertad. No desesperes, todavía puedes hacer algo, pero si deseas liberarte tienes que poner las cartas sobre la mesa, hacer un esfuerzo sincero para averiguar quién eres y en qué te has convertido. Debes atreverte a cruzar el dolor emocional de tu infancia para salir por el otro extremo del túnel. El sufrimiento será profundo, pero breve. Es mejor enfrentarse a él de una vez por todas que cargar con el pesado fardo de programación automática del amor negativo durante toda la vida. A1 otro lado te esperan la libertad, la autoaceptación, el perdón y el amor por ti mismo.

Personas de 15 a 79 años han logrado con éxito arribar a este puerto. ¿Quién dijo que no eres capaz de realizar tareas difíciles? Fueron tus padres, aun cuando lo hayan hecho sin darse cuenta o pensando que hacían exactamente lo contrario. ¿Dónde si no lo habrías aprendido siendo un niño? Por causa del amor negativo, te tragaste esa mentira y ahora te pasas la vida ideando métodos refinados (llamados adicciones) para eludir el auténtico dolor que es causa de tus problemas. Temías que encarar la realidad de tu dolor sería insoportable y por eso has elaborado técnicas de evasión, con la esperanza de que el sufrimiento desaparezca si no lo ves. Una de las más mayores mentiras que te hicieron creer tus padres es que no puedes enfrentar el dolor, el sufrimiento y las situaciones difíciles. Sin embargo, como adulto no tienes por qué renunciar y fingir que el dolor no existe. Enfrentándote a la verdad podrás deshacerte de la programación, nadie va a hacerla desaparecer con una varita mágica. Como decimos a nuestros alumnos: "Eres tú quien debe hacer el trabajo del Proceso. Aquí no hay hadas madrinas, el único héroe eres tú, tú eres tu propio salvador. Con ayuda y orientación saldrás a flote.
Piensa, ¿quién va a tomar las riendas de tu destino? ¿Tu madre, tu padre, sus mensajes, rasgos y personalidad, o tu verdadero Yo? La cuestión no es tan complicada e insuperable como pueda parecer, de hecho es muy sencilla, aunque no fácil. La lucha es ardua, pero la recompensa final es una vida de amor y armonía". Entre los programas negativos más destructivos se encuentra el de la anulación o invalidación automática, que el hijo aprende por imitación del rasgo del padre, de la madre o de ambos, o bien porque ellos lo anulaban a él.
Algunos de los peores mensajes de anulación (abiertos o encubiertos) son los siguientes:

"Nunca llegarás a ninguna parte"; "No vales para nada"; "No hay nada que hagas bien"; "No eres nadie, nunca tendrás éxito, ni lo intentes, ¿para qué molestarte?"; "Eres un perdedor"; "No mereces amor".
Los hábitos de autoanulación crean a su vez la base sobre la cual fundar la actitud de "tirar la toalla" y preparan el camino hacia la resistencia a recibir ayuda. En lugar de responsabilizarse de su propia resistencia, los alumnos suelen transferirla a los demás y a culparlos. Es como cuando uno se golpea en la cabeza con la puerta de un armario de la cocina y después la cierra furiosamente de un portazo. Esto sucede sobre todo cuando entre las características del alumno se encuentran las de "criticar, juzgar y culpar" a los demás. Con estos comportamientos uno opone resistencia y anula el verdadero Yo interior. Esto perpetúa la neurosis, ese estado de sentirse indigno de amor.
La rueda del infortunio ya ha dado una vuelta completa. ¿No fue el mensaje "Soy indigno de amor" el que empezó todo este absurdo? Basta con aplicar la pauta de invalidación al Proceso para que la profecía vuelva a cumplirse y nos derrote; también se podría esgrimir para perpetuar la actitud "pobre de mí, mártir y víctima". Sin embargo, cada rasgo negativo tiene un uso positivo. Por ejemplo, al hacernos concientes de nuestra inconsciencia, podemos aplicar la pauta de anulación para anular la anulación misma y soltarla temporalmente. Así descubrimos que es posible superar la barrera de la resistencia tozuda, saltar al campo de la autovaloración positiva y emprender el camino hacia la paz y la serenidad interiores.
Cualquier programación puede desprogramarse, siempre hay esperanza de vivir la vida con paz y amor en el presente y en el futuro. Lo tenemos todo, nuestro verdadero yo positivo está siempre con nosotros. Desgraciadamente nuestros padres, debido a su propia negativa de la infancia, no sabían cómo alimentar nuestra esencia de perfección, sus padres tampoco nutrieron las suyas, nunca les enseñaron a respetarse y a amarse, ¿cómo iban a enseñarnos algo que no sabían? Si hubieran podido honrar su esencia, habrían honrado la nuestra y la habrían cuidado con amor incondicional y un fuerte sentido de seguridad interna.
Una vez descubierto; analizado e investigado el síndrome del amor negativo como el «virus» que produce el "cáncer" de los comportamientos y rasgos negativos adoptados, la solución empieza a despuntar. La clave está en la palabra adoptados, porque significa que no son innatos ni genéticos. Lo que se adopta puede desadoptarse. No es fácil, pero es posible.

El Proceso Intensivo Hoffman proporciona los medios. Parte de nuestro trabajo consiste en clasificar cientos de comportamientos adoptados en grupos. Como ejemplo, incluimos una lista de cincuenta y cinco rasgos, actitudes y mensajes negativos reunidos bajo el encabezamiento: "Indiferente/Incapaz de prestar apoyo", que es uno de los grupos más importantes. La columna derecha muestra las antítesis de los rasgos negativos que aparecen en la izquierda. Después de leer ambas listas, deberías empezar a sopesar por qué, conociendo las consecuencias, eliges tan a menudo el rasgo negativo en vez del positivo. He aquí la lista: Sería conveniente que marcaras los rasgos negativos que utilizas compulsivamente siempre o a veces, y que después repasaras la lista señalando con una M las pautas de comportamiento de tu madre y con una P las de tu padre.

o de tu madre y con una P las de tu padre.





¿Cuántos de estos rasgos negativos tienes en adopción? Súmalos y anota el total. ¿Cuántos de ellos están señalados con una M, una P o ambas? Ese es el índice del amor negativo que sientes por tus padres, es el índice de tu falta de libertad. ¿Qué sientes al descubrir hasta qué punto eres mamá y papá una y otra vez?.
Muchos de nuestros alumnos del Proceso se sorprenden por esta coincidencia con sus padres, sobre todo aquellos que creían haberse rebelado contra sus padres o los que en la adolescencia habían decidido parecerse lo menos posible a ellos. Hemos analizado de qué modo has adoptado más rasgos negativos de tus padres de los que creías. A pesar del alcance del síndrome del amor negativo, tu esencia real no sólo sigue intacta, sino incluso más pura de lo que nunca hayas imaginado.

Tomado de el libro: EL proceso Hoffman de la cuadrinidad de Bob Hoffman. Ed. Urano
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