viernes, 2 de julio de 2010

La Mente: Útero del Alma




La Mente: Útero del Alma

Nos resulta fácil vernos como un ente corpóreo, cuyos vasos sanguíneos, cavidades, órganos internos, estructura ósea y músculos se encuentran revestidos y protegidos por una gruesa piel que nos mantiene unidos en un todo compacto y único. Todo dirigido a la perfección por un excelente maestro mayor de obras y director de orquestas a la misma vez: nuestro cerebro, protegido por una "carcaza ósea", la estructura craneana, que paradójicamente resulta ser la de mayor fortaleza de nuestro completo organismo.

Pero por más sencillo que nos sea ver, palpar y vivir éste, nuestro cuerpo físico, esto sólo sucede aquí y ahora. Con mucha suerte durará entre ochenta y cien años. ¿Y después qué? Como si nada. "…del polvo venimos y al polvo volvemos…"

Sin embargo, existe un "backup", yo diría, una versión original y no la imitación que nos representará durante aquellos años que solemos llamar "vida".

De la misma manera que nuestro cerebro, esa masa blanda repleta de surcos y formada por dos partes gemelas que conforman la unidad, se expresa a través de la mente, que es la única que nos puede llevar al paraíso de donde venimos; nuestro cuerpo físico lo hace por medio del alma. Nosotros somos nuestra alma.

Como alma eterna que somos, no necesita de nada porque lo es todo. Nuestra sorpresa frente al misterio y las capacidades de nuestra alma es producto de intentar verla e interpretarla desde nuestro mundo terrenal.

Si careciéramos de alma, ¿dónde alojaríamos ese enorme caudal del sentimiento más puro y genuino que poseemos y que es el amor? ¿En nuestro cuerpo físico? ¿Lo repartiríamos entre nuestros órganos? ¿Podríamos acaso llevarlo dentro de nuestras venas?

Existe absoluta incompatibilidad entre ambas dimensiones: la terrenal, finita; y la del Cosmos Universal, eterna. Como entes corpóreos, aquí y ahora, podemos sentir ese amor (aunque limitado por la incorrecta decodificación que realizamos del mismo) que llega con nuestra parte original. Pero pretender llevarlo dentro de la masa física de nuestros cuerpos sería como intentar llevar nuestros órganos internos flotando en el aire. Cada estructura pertenece a su dimensión. No podemos confundirnos. Nuestro amor necesita un hogar, un cobijo. Y ese no es otro que nuestra alma. La que a su vez guarda celosamente en sus entrañas a la mente, a la que alimenta de manera constante por medio de un cordón umbilical energético que no se corta nunca porque la mantiene eternamente preñada.

Nuestro organismo físico y el cerebro no existen. Son una vulgar réplica.

Comúnmente, no nos recordamos a nosotros mismos antes de haber nacido y es probable que tampoco nos recordemos una vez terminado el ciclo terrenal de nuestras vidas. ¿Y que más da? Creemos que nuestra vida terrenal es importante porque es justamente desde aquí que estamos pudiendo ver las cosas y de ninguna otra parte. No podemos entonces advertir que nuestro punto de percepción es completamente limitado por nuestra experiencia actual. No nos encontramos en el lugar adecuado para poder advertir lo importantes y grandes que somos. Ni bien dejemos este lugar, tiempo y dimensión, quedaremos anoticiados. Es probable entonces, que no recordemos este momento. ¿Qué pueden significar ochenta o cien años en una eternidad? Como para no olvidarse.

Les he presentado, intentando explicarlo, al original: el alma y la mente, suficientes para una eternidad. Pero solo pudiendo desconectarnos, aunque sea por un momento, de la dimensión a la que pertenecemos actualmente, es que podremos acaso entender correctamente estas dos mágicas partes que somos.

Rudy Spillman

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