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martes, 25 de julio de 2017

Pensamientos que Curan y te hacen Feliz



“La mente, es una fuerza inagotable capaz de influir y cambiar el mundo físico y el cuerpo, esto, desde la premisa que formula que existen pensamientos que curan y pueden hacer feliz a las personas”

Los científicos actuales, amparados en investigaciones reales, probadas y académicas, empezaron a darle la razón a todas aquellas personas que creen, que existen pensamientos que curany que pueden transformar sus cuerpos físicos en cuerpos saludables, alegres y fortalecidos por la Luz. Desde la antigüedad se ha dicho, que lo que tú tienes interiormente, es lo que vas a exteriorizar en tu cuerpo y en tus acciones. Veámoslo desde la ciencia.   

Un grupo de investigadores neurocientíficos, Fred Gade del Instituto Salk de la Jolla en California, Michael Meaney de la Universidad de McGill de Montreal, Phillip Shaver de la Universidad de California, y Helen Neville perteneciente a la Universidad de Oregón, se reunión, con el fin de elevar investigaciones que demostraran la capacidad que posee el cerebro para transformarse durante la existencia, a lo que comúnmente le llamamos neuroplasticidad.   
¿Qué investigaron? Desde sus conocimientos, hicieron indagación de una creencia que los budistas han sostenido por más de 2.500 años, en el que la mente, es una fuerza inagotable capaz de influir y cambiar el mundo físico y el cuerpo, esto, desde la premisa que formula que existen pensamientos que curan y pueden hacer feliz a las personas.

¿Qué encontraron? La narrativa budista de la iluminación posee un paralelo extraordinario con los hallazgos científicos encontrados sobre la neuroplasticidad. ¿Por qué? Elementalmente, muestran, que, a pesar de poseer formas muy distintas y arraigadas de vivir y pensar, el cerebro sólo está parcialmente predeterminado, quiere decir, que tú y yo, poseemos una posibilidad inmensa en poder cambiar las cosas y los acontecimientos que queremos que nos sucedan.

En consonancia a esta verdad, la experta en budismo de la Universidad de George Washington, en una de sus entrevistas, expresó que “el budismo es una historia en la que sentimos dolor y sufrimiento, pero poseemos el poder de cambiar todas esas realidades”.

Mente y Cuerpo, ¿cuál es su conexión?


“El doctor Cunningham, en un grupo hasta 40 pacientes, logró demostrar que, con técnicas de autoconciencia, meditación, pensamientos positivos y reducción de estrés, por lo menos, 8 de sus pacientes pudieran alcanzar tasas de vida muy superiores a las que se esperaban”

El psiquiatra de la Clínica de Marly, un importante Centro Médico de la Capital Colombiana, el doctor Ariel Alarcón, desde su pensamiento e investigación, no duda en asegurar y confirmar los beneficios que traen a la persona, la práctica de la meditación y las terapias cognitivas. Es tanto su convencimiento, que incluso,implementó en su unidad, un programa de psicoterapia para pacientes que padecen cáncer.  

Cuentan los colegas del médico Alarcón, pertenecientes al área de nefrología, que un paciente, al momento de ser trasplantado y no tomar ciclosporina (medicamento utilizado para evitar el rechazo del órgano trasplantado), el organismo le rechazaba el órgano, así que, empezó a realizar meditación trascendental, e inmediatamente, el cuerpo empezó a sentir el riñón como propio; es decir, este paciente, con la meditación, evitó que su organismo le rechazara su riñón. ¡Ya empiezas a comprender porqué existen pensamientos que curan, y te dan felicidad!

Ahora, avanzando más allá, el doctor Alarcón, ha estado muy interesado en las investigaciones e indagaciones que un colega suyo en Canadá, ha realizado en cuanto a los pensamientos que curan y su práctica. Se trata del médico científico Alastair Cunningham, perteneciente al Ontario Cancer Institute, quien, a nivel mundial, ha sido paladín en las investigaciones que enfatizan en la real existencia de un puente entre nuestros pensamientos, emociones y creencias, y el desarrollo de enfermedades que experimentan dolor, angustia, ansiedad y sufrimiento, tal es el caso del cáncer.

El doctor Cunningham, en un grupo hasta 40 pacientes, logró demostrar que, con técnicas de autoconciencia, meditación, pensamientos positivos y reducción de estrés, por lo menos, 8 de sus pacientes pudieran alcanzar tasas de vida muy superiores a las que se esperaban, esto, comparado con la gravedad y evolución del cáncer en los cuerpos de cada uno de los pacientes.

La pregunta de la ciencia es, ¿qué camino recorren nuestros pensamientos para lograr que estos impacten de manera positiva sobre nuestra salud física?Seguramente, la ciencia se quede haciendo esta averiguación muchísimo tiempo, puesto que se están sumergiendo sobre una investigación que posee más vida espiritual, energética y trascendental, que física. En propias palabras del doctor Alarcón “la investigación es muy complicada, puesto que no están claras las vías moleculares a través de las cuales ocurre ese fenómeno, la interacción entre nuestro cerebro y sistemas, como el inmunológico y el endocrino”

¡Asombroso!, ¿verdad? La existencia de pensamientos que curan y te hacen feliz es una realidad, va más allá de simples hipótesis que aún no se han podido comprobar, pues ésta, ya es real, la ciencia comprobó su autenticidad. Te invito para que implementes en tu vida, técnicas y estrategias que vayan llenando tu existencia y tu Ser de Luz, salud y felicidad.

La Meditación: Pensamientos que Curan en el Hospital


“…han demostrado que los pacientes que experimentan en sus vidas, aquellas técnicas de pensamiento positivo, regenerador y de meditación, experimentan la activación de las zonas de la corteza cerebral asociadas a la emoción, y logran el mejoramiento de algunas cuantificaciones de su sistema inmunológico”

Alrededor del mundo, los científicos han querido generar contacto con los budistas y demás personas que confían en la trascendencia del Ser, con el fin de aprender y experimentar estrategias que puedan llevar a la superación y curación de enfermedades.

Uno de estos científicos es el doctor Steve Hickman, catedrático de psiquiatría de la Universidad de California en San Diego. En Moors Cancer Center de San Diego, California, coordina varias técnicas de meditación, que incorporó al tratamiento de pacientes que padecen enfermedades crónicas, incluida el cáncer. Allí, reciben sus tratamientos convencionales y la oportunidad de presentarse a asambleas, en las que se preparan a los pacientes para pensar de manera distinta y adquirir hábitos de meditación y trascendencia espiritual.

Dentro de su discurso, el doctor Hickman, recuerda varias anécdotas que han sido experiencias de éxito al interior de su proyecto, sin embargo, recalca en la necesidad apremiante de extirpar el miedo, la ansiedad y el estrés, que representa en un paciente una enfermedad crónica, e incluso puede lograr que el pronóstico se agudice.

Estos estudios precedidos por el profesor Hickman en la Universidad de Massachusetts, han demostrado que los pacientes que experimentan en sus vidas, aquellas técnicas de pensamiento positivo, regenerador y de meditación, experimentan la activación de las zonas de la corteza cerebral asociadas a la emoción, y logran el mejoramiento de algunas cuantificaciones de su sistema inmunológico. Sin duda alguna, te invito para que experimentes en tu vida pensamientos que curen y te hagan feliz.

Finalmente, y a modo de conclusión. Los efectos de la meditación son extraordinarios, ya la ciencia ha venido avalando todos aquellos beneficios que traen para la vida, la meditación y la trascendencia de vida.

Sería importante que te acercaras a las evidencias científicas que se han venido recopilando en relación a las prácticas concernientes a la meditación. Por lo pronto, le invito para que haga lectura del Artículo, “Y… ¿qué es la Meditación?, ¿qué beneficios trae para tu Vida?”, y conocerás de primera mano aquellas magníficas bondades.

Ahora sí, ¿que esperas para que existan en tu vida pensamientos que curan y te hagan feliz para toda tu vida?


Autor: William Hernán Estrada Pérez, Redactor en la Gran Familia de hermandadblanca.org

viernes, 2 de julio de 2010

La Mente: Útero del Alma



La Mente: Útero del Alma
Nos resulta fácil vernos como un ente corpóreo, cuyos vasos sanguíneos, cavidades, órganos internos, estructura ósea y músculos se encuentran revestidos y protegidos por una gruesa piel que nos mantiene unidos en un todo compacto y único. Todo dirigido a la perfección por un excelente maestro mayor de obras y director de orquestas a la misma vez: nuestro cerebro, protegido por una "carcaza ósea", la estructura craneana, que paradójicamente resulta ser la de mayor fortaleza de nuestro completo organismo.
Pero por más sencillo que nos sea ver, palpar y vivir éste, nuestro cuerpo físico, esto sólo sucede aquí y ahora. Con mucha suerte durará entre ochenta y cien años. ¿Y después qué? Como si nada. "…del polvo venimos y al polvo volvemos…"
Sin embargo, existe un "backup", yo diría, una versión original y no la imitación que nos representará durante aquellos años que solemos llamar "vida".
De la misma manera que nuestro cerebro, esa masa blanda repleta de surcos y formada por dos partes gemelas que conforman la unidad, se expresa a través de la mente, que es la única que nos puede llevar al paraíso de donde venimos; nuestro cuerpo físico lo hace por medio del alma. Nosotros somos nuestra alma.
Como alma eterna que somos, no necesita de nada porque lo es todo. Nuestra sorpresa frente al misterio y las capacidades de nuestra alma es producto de intentar verla e interpretarla desde nuestro mundo terrenal.
Si careciéramos de alma, ¿dónde alojaríamos ese enorme caudal del sentimiento más puro y genuino que poseemos y que es el amor? ¿En nuestro cuerpo físico? ¿Lo repartiríamos entre nuestros órganos? ¿Podríamos acaso llevarlo dentro de nuestras venas?
Existe absoluta incompatibilidad entre ambas dimensiones: la terrenal, finita; y la del Cosmos Universal, eterna. Como entes corpóreos, aquí y ahora, podemos sentir ese amor (aunque limitado por la incorrecta decodificación que realizamos del mismo) que llega con nuestra parte original. Pero pretender llevarlo dentro de la masa física de nuestros cuerpos sería como intentar llevar nuestros órganos internos flotando en el aire. Cada estructura pertenece a su dimensión. No podemos confundirnos. Nuestro amor necesita un hogar, un cobijo. Y ese no es otro que nuestra alma. La que a su vez guarda celosamente en sus entrañas a la mente, a la que alimenta de manera constante por medio de un cordón umbilical energético que no se corta nunca porque la mantiene eternamente preñada.
Nuestro organismo físico y el cerebro no existen. Son una vulgar réplica.
Comúnmente, no nos recordamos a nosotros mismos antes de haber nacido y es probable que tampoco nos recordemos una vez terminado el ciclo terrenal de nuestras vidas. ¿Y que más da? Creemos que nuestra vida terrenal es importante porque es justamente desde aquí que estamos pudiendo ver las cosas y de ninguna otra parte. No podemos entonces advertir que nuestro punto de percepción es completamente limitado por nuestra experiencia actual. No nos encontramos en el lugar adecuado para poder advertir lo importantes y grandes que somos. Ni bien dejemos este lugar, tiempo y dimensión, quedaremos anoticiados. Es probable entonces, que no recordemos este momento. ¿Qué pueden significar ochenta o cien años en una eternidad? Como para no olvidarse.
Les he presentado, intentando explicarlo, al original: el alma y la mente, suficientes para una eternidad. Pero solo pudiendo desconectarnos, aunque sea por un momento, de la dimensión a la que pertenecemos actualmente, es que podremos acaso entender correctamente estas dos mágicas partes que somos.
Rudy Spillman

domingo, 14 de febrero de 2010

La mente herida

luz árbol

Quizá nunca hayas pensado en esta cuestión, pero en mayor o en menor medida, todos nosotros somos maestros. Somos maestros porque tenemos el poder de crear y de dirigir nuestra propia vida.
De la misma manera en que las distintas sociedades y religiones de todo el mundo han creado una mitología increíble, nosotros creamos la nuestra. Nuestra mitología personal está poblada de héroes y villanos, ángeles y demonios, reyes y plebeyos. Creamos una población entera en nuestra mente e incluimos múltiples personalidades para nosotros mismos. Después, adquirimos dominio sobre la imagen que vamos a utilizar en determinadas circunstancias. Nos convertimos en artistas del fingimiento y de la proyección de nuestra imagen y en maestros de cualquier cosa que creemos ser. Cuando conocemos a otras personas las clasificamos de inmediato según lo que nosotros creemos que son. Y actuamos del mismo modo con todas las personas y cosas que nos rodean.
Tienes el poder de crear. Tu poder es tan fuerte que cualquier cosa que decidas creer se convierte en realidad. Te creas a ti mismo, sea lo que sea que creas que eres. Eres como eres porque eso es lo que crees sobre ti mismo. Toda tu realidad, todo lo que crees, es fruto de tu propia creación. Tienes el mismo poder que cualquier otro ser humano en el mundo. La principal diferencia entre otra persona y tú estriba en la manera en que aplicas tu poder y en lo que creas con él. Tal vez te parezcas a otras personas en muchas cosas, pero no todo el mundo vive la vida de la misma manera que tú.
Has practicado toda tu vida para ser quien eres y lo haces tan bien que te has convertido en un maestro de lo que crees que eres. Eres un maestro de tu propia personalidad y de tus propias creencias; dominas cada acción y cada reacción. Practicas durante años y años hasta que alcanzas el nivel de maestría para ser lo que crees que eres. Y cuando por fin comprendemos que todos nosotros somos maestros, llegamos a ver qué tipo de maestría tenemos.
Cuando un niño tiene un problema con alguien, y se enfada, por la razón que sea, el enfado hace que el problema desaparezca y de este modo obtiene el resultado que quería. Entonces, vuelve a ocurrir, y vuelve a reaccionar con enfado, ya que ahora sabe que, si se enfada, el problema desaparecerá. Pues bien, después practica y practica hasta llegar a convertirse en un maestro del enfado.
Pues bien, de esta misma manera es como nos convertimos en maestros de los celos, en maestros de la tristeza o en maestros del autorechazo.
Toda nuestra desdicha y nuestro sufrimiento tienen su origen en la práctica. Establecemos un acuerdo con nosotros mismos y lo practicamos hasta que llega a convertirse en una maestría completa. El modo en que pensamos, el modo en que sentimos y el modo en que actuamos se convierte en algo tan rutinario que dejamos de prestar atención a lo que hacemos. Nos comportamos de una manera determinada sólo porque estamos acostumbrados a actuar y a reaccionar así.
Pero para convertirnos en maestros del amor tenemos que practicar el amor. El arte de las relaciones también es una maestría completa y el único modo de alcanzarla es mediante la práctica. Por consiguiente, para llegar a ser maestro en una relación hay que actuar. No se trata de adquirir determinados conceptos ni de alcanzar un conocimiento en concreto. Es una cuestión de acción. Ahora bien, evidentemente, para actuar es preciso contar con algún conocimiento o al menos con una mayor conciencia de la manera en que funcionamos los seres humanos.
Quiero que te imagines que vives en un planeta donde todas las personas padecen una enfermedad en la piel. Durante dos mil o tres mil años, la gente de este planeta ha sufrido la misma enfermedad: todo su cuerpo está cubierto de heridas infectadas, que cuando se tocan, duelen de verdad. Evidentemente, la gente cree que esta es la fisiología normal de la piel. Incluso los libros de medicina describen dicha enfermedad como el estado normal. Al nacer la piel está sana, pero a los tres o cuatro años de edad, empiezan a aparecer las primeras heridas y en la adolescencia, cubren todo el cuerpo.
¿Puedes imaginarte cómo se tratan esas personas? Para relacionarse entre sí tienen que proteger sus heridas. Casi nunca se tocan la piel las unas a las otras porque resulta demasiado doloroso, y si, por accidente, le tocas la piel a alguien, el dolor es tan intenso que de inmediato se enfada contigo y te toca a ti la tuya, sólo para desquitarse. Aun así, el instinto del amor es tan fuerte que en ese planeta se paga un precio elevado para tener relaciones con otras personas.
Bueno, imagínate que un día ocurre un milagro. Te despiertas y tu piel está completamente curada. Ya no tienes ninguna herida y no te duele cuando te tocan. Al tocar una piel sana se siente algo maravilloso porque la piel está hecha para la percepción. ¿Puedes imaginarte a ti mismo con una piel sana en un mundo en el que todas las personas tienen una enfermedad en la piel? No puedes tocar a los demás porque les duele y nadie te toca a ti porque piensan que te dolerá.
Si eres capaz de imaginarte esto, podrás comprender que si alguien de otro planeta viniera a visitarnos tendría una experiencia similar con los seres humanos. Pero no es nuestra piel la que está llena de heridas.
Lo que el visitante descubriría es que la mente humana padece una enfermedad que se llama miedo. Al igual que la piel infectada de los habitantes de ese planeta imaginario, nuestro cuerpo emocional está lleno de heridas, de heridas infectadas por el veneno emocional. La enfermedad del miedo se manifiesta a través del enfado, del odio, de la tristeza, de la envidia y de la hipocresía, y el resultado de esta enfermedad son todas las emociones que provocan el sufrimiento del ser humano.
Todos los seres humanos padecen la misma enfermedad mental.
Hasta podríamos decir que este mundo es un hospital mental. Sin embargo, esta enfermedad mental ha estado en el mundo desde hace miles de años. Los libros de medicina, psiquiatría y psicología la describen como un estado normal. La consideran normal, pero yo te digo que no lo es.
Cuando el miedo se hace demasiado intenso, la mente racional empieza a fallar y ya no es capaz de soportar todas esas heridas llenas de veneno. Los libros de psicología denominan a este fenómeno enfermedad mental. Lo llamamos esquizofrenia, paranoia, psicosis, pero la verdad es que estas enfermedades aparecen cuando la mente racional está tan asustada y las heridas duelen tanto, que es preferible romper el contacto con el mundo exterior.
Los seres humanos vivimos con el miedo continuo a ser heridos y esto da origen a grandes conflictos dondequiera que vayamos. La manera de relacionarnos los unos con los otros provoca tanto dolor emocional que, sin ninguna razón aparente, nos enfadamos y sentimos celos, envidia o tristeza. Incluso decir «te amo» puede resultar aterrador.
Pero, aunque mantener una interacción emocional nos provoque dolor y nos dé miedo, seguimos haciéndolo, seguimos iniciando una relación, casándonos y teniendo hijos.
Debido al miedo que los seres humanos tenemos a ser heridos y a fin de proteger nuestras heridas emocionales, creamos algo muy sofisticado en nuestra mente: un gran sistema de negación. En ese sistema de negación nos convertimos en unos perfectos mentirosos. Mentimos tan bien, que nos mentimos a nosotros mismos e incluso nos creemos nuestras propias mentiras.
No nos percatamos de que estamos mintiendo, y en ocasiones, aun cuando sabemos que mentimos, justificamos la mentira y la excusamos para protegernos del dolor de nuestras heridas.
El sistema de negación es como un muro de niebla frente a nuestros ojos que nos ciega y nos impide ver la verdad. Llevamos una máscara social porque resulta demasiado doloroso vernos a nosotros mismos o permitir que otros nos vean tal como somos en realidad. El sistema de negación nos permite aparentar que toda la gente se cree lo que queremos que crean de nosotros. Y aunque colocamos estas barreras para protegernos y mantener alejada a la gente, también nos mantienen encerrados y restringen nuestra libertad. Los seres humanos se cobijan y se protegen y cuando alguien dice: «Te estás metiendo conmigo», no es exactamente verdad. Lo que sí es cierto es que estás tocando una de sus heridas mentales y él reacciona porque le duele.
Cuando tomas conciencia de que todas las personas que te rodean tienen heridas llenas de veneno emocional, empiezas a comprender las relaciones de los seres humanos en lo que los toltecas denominan el sueño del infierno. Desde la perspectiva tolteca todo lo que creemos de nosotros y todo lo que sabemos de nuestro mundo es un sueño. Si examinas cualquier descripción religiosa del infierno te das cuenta de que no difiere de la sociedad de los seres humanos, del modo en que soñamos. El infierno es un lugar donde se sufre, donde se tiene miedo, donde hay guerras y violencia, donde se juzga y no hay justicia, un lugar de castigo infinito. Unos seres humanos actúan contra otros seres humanos en una jungla de predadores; seres humanos llenos de juicios, llenos de reproches, llenos de culpa, llenos de veneno emocional: envidia, enfado, odio, tristeza, sufrimiento. Y creamos todos estos pequeños demonios en nuestra mente porque hemos aprendido a soñar el infierno en nuestra propia vida.
Todos nosotros creamos un sueño personal propio, pero los seres humanos que nos precedieron crearon un gran sueño externo, el sueño de la sociedad humana. El Sueño externo, o el Sueño del Planeta, es el Sueño colectivo de billones de soñadores. El gran Sueño incluye todas las normas de la sociedad, sus leyes, sus religiones, sus diferentes culturas y sus diferentes formas de ser. Toda esta información almacenada dentro de nuestra mente es como mil voces que nos hablan al mismo tiempo. Esto es lo que los toltecas denominan el mitote.
Pero lo que nosotros somos en realidad es puro amor; somos Vida. Y lo que somos en realidad no tiene nada que ver con el sueño, pero el mitote nos impide verlo. Cuando contemplas el sueño desde esta perspectiva, y cobras conciencia de lo que eres, comprendes cuán absurdo resulta el comportamiento de los seres humanos, y entonces, se convierte en algo divertido. Lo que para todos los demás parece un gran drama para ti es una comedia. Ves de qué modo los seres humanos sufren por algo que carece de importancia, algo que ni siquiera es real.
Pero no tenemos otra opción. Nacemos en esta sociedad, crecemos en esta sociedad y aprendemos a ser como todos los demás, actuando y compitiendo continuamente de un modo absurdo.
Ahora bien, imagina por un momento que pudieses visitar un planeta en el que toda la gente tuviera una mente emocional distinta. La manera en que se relacionarían los unos con los otros sería siempre feliz, siempre amorosa, siempre pacífica. Ahora imagínate que un día te despiertas en ese planeta y que ya no tienes heridas en tu cuerpo emocional. Ya no tienes miedo de ser quien eres. Ya no te importa lo que la gente diga de ti, porque no te lo tomas como algo personal y ha dejado de producirte dolor. Así que ya no necesitas protegerte más. No tienes miedo de amar, de compartir, de abrir tu corazón. Ahora bien, esto sólo te ha ocurrido a ti. ¿Cómo te relacionarás con la gente que padece heridas emocionales y que está enferma de miedo?
Cuando un ser humano nace, su mente y su cuerpo emocional están completamente sanos. Quizás hacia el tercer o cuarto año de edad empiecen a aparecer las primeras heridas en el cuerpo emocional y se infecten con veneno emocional. Pero, si observas a los niños de dos o tres años y te fijas en su manera de comportarse, verás que siempre están jugando. Los verás reírse sin parar. Su imaginación es muy poderosa y su manera de soñar una auténtica aventura de exploración.
Cuando algo va mal reaccionan y se defienden, pero, después, sencillamente se olvidan y vuelven a centrar su atención en el momento presente para seguir jugando, explorando y divirtiéndose. Viven el momento. No se avergüenzan del pasado y no se preocupan por el futuro. Los niños pequeños expresan lo que sienten y no tienen miedo a amar.
Por eso los momentos más felices de nuestra vida son aquellos en los que jugamos como si fuéramos niños, cuando cantamos y bailamos, cuando exploramos y creamos con el único propósito de divertirnos.
Cuando nos comportamos como niños nos resulta maravilloso porque ese es el estado normal de la mente humana, la tendencia natural.
Somos inocentes, igual que los niños, y para nosotros es normal expresar amor. Pero ¿qué nos ha ocurrido? ¿Qué le ha ocurrido al mundo entero?
Lo que ha sucedido es que, cuando éramos pequeños, los adultos ya padecían esa enfermedad mental, una enfermedad altamente contagiosa. ¿Y cómo nos la transmitieron? Captando nuestra atención y enseñándonos a ser como ellos. Así es como trasladamos nuestra enfermedad a nuestros niños y así es como nuestros padres, nuestros profesores, nuestros hermanos mayores y toda una sociedad de gente enferma nos la contagió a nosotros. Captaron nuestra atención, y, mediante la repetición, llenaron nuestra mente de información. De este modo aprendimos, y de este modo programamos una mente humana.
El problema reside en el programa, en la información que hemos almacenado en nuestra mente. Una vez captada la atención de los niños, les enseñamos un lenguaje, les enseñamos a leer, a comportarse y a soñar de un modo determinado. Domesticamos a los seres humanos de la misma manera que domesticamos a un perro o a cualquier otro animal: con castigos y premios. Esto es perfectamente normal. Lo que llamamos educación no es otra cosa que la domesticación del ser humano.
Al principio tenemos miedo de que nos castiguen, pero más tarde también tenemos miedo de no recibir la recompensa, de no ser lo bastante buenos para mamá o papá o un hermano o un profesor. De este modo es como nace la necesidad de ser aceptado. Antes de eso no nos importa si lo estamos o no. Las opiniones de la gente no son importantes y no lo son porque sólo queremos jugar y vivir en el presente.
El miedo a no conseguir la recompensa se convierte en el miedo a ser rechazado. Y el miedo a no ser lo bastante buenos para otra persona es lo que hace que intentemos cambiar, lo que nos hace crear una imagen.
Imagen que intentamos proyectar según lo que quieren que seamos, sólo para ser aceptados, sólo para recibir el premio. De este modo aprendemos a fingir que somos lo que no somos y perseveramos en ser otra persona con la única finalidad de ser lo suficientemente buenos para mamá, papá, el profesor, nuestra religión o quienquiera que sea. Y con este fin practicamos incansablemente hasta que nos convertimos en maestros de ser lo que no somos.
Pronto olvidamos quienes somos realmente y empezamos a vivir nuestras imágenes, porque no creamos una sola, sino muchas diferentes, según los distintos grupos de gente con los que nos relacionemos. Una imagen para casa, una para el colegio, y cuando crecemos, unas cuantas más.
Y esto funciona de la misma manera cuando se trata de una simple relación entre un hombre y una mujer. La mujer tiene una imagen exterior que intenta proyectar a los demás, y cuando está sola, otra de sí misma. Lo mismo pasa con el hombre, que también tiene una imagen exterior y otra interior. Ahora bien, cuando llegan a la edad adulta, la imagen interior y la exterior son tan distintas que ya casi no se corresponden. Y como en la relación entre un hombre y una mujer existen al menos cuatro imágenes, ¿cómo es posible que se lleguen a conocer de verdad? No se conocen. La única posibilidad es intentar comprender la imagen. Pero es preciso considerar más imágenes.
Cuando un hombre conoce a una mujer, se hace una imagen propia de ella, y a su vez la mujer se hace una imagen del hombre desde su punto de vista. Entonces él intenta que ella se ajuste a la imagen que él mismo ha creado y ella intenta que él se ajuste a la imagen que se ha hecho de él. Ahora, entre ellos existen seis imágenes. Evidentemente, aunque no lo sepan, se están mintiendo el uno al otro. Su relación se basa en el miedo, en las mentiras, y no en la verdad porque resulta imposible ver a través de toda esa bruma.
De pequeños no experimentamos ningún conflicto porque no fingimos ser lo que no somos. Nuestras imágenes no cambian realmente hasta que empezamos a relacionarnos con el mundo exterior y dejamos de tener la protección de nuestros padres. Esta es la razón por la que la adolescencia resulta particularmente difícil. Aun en el caso de que estemos preparados para sostener y defender nuestras imágenes, tan pronto intentamos proyectarlas al mundo exterior, éste las rechaza. El mundo exterior empieza a demostrarnos, no sólo particular, sino también públicamente, que no somos lo que fingimos ser.
Este sería el caso, por ejemplo, de un chico adolescente que aparenta ser muy listo. Acude a un debate en el colegio, y, en ese debate, alguien que es más inteligente, y que está más preparado, le supera y le deja en ridículo delante de todo el mundo. A continuación él intenta explicar, excusar y justificar su imagen delante de sus compañeros. Se muestra muy amable con todos e intenta salvar esa imagen delante de ellos, aunque sabe que está mintiendo. Por supuesto, hace todo lo posible para no perder el control delante de ellos, pero tan pronto se encuentra solo y se ve reflejado en un espejo, lo hace añicos. Se odia a sí mismo; se siente verdaderamente estúpido y cree que es el peor. Existe una gran discrepancia entre la imagen interior y la imagen que intenta proyectar hacia el mundo exterior. Pues bien, cuanto más grande es la discrepancia, más difícil resulta la adaptación al sueño de la sociedad y menos amor se tiene hacia uno mismo.
Entre la imagen que finge ser y la imagen interior que tiene de sí mismo cuando está solo, existen mentiras y más mentiras. Ambas imágenes están completamente alejadas de la realidad; son falsas, pero él no es consciente de ello. Quizás otra persona lo advierta, pero él está totalmente ciego. Su sistema de negación intenta proteger las heridas, pero éstas son reales y siente dolor porque intenta defender esa imagen por todos los medios.
De pequeños aprendemos que las opiniones de todas las personas son importantes y dirigimos nuestra vida conforme a esas opiniones.
Una simple opinión de alguien, aunque no sea cierta, es capaz de hacernos caer en el más profundo de los infiernos: «Qué feo estás. Estás equivocado. Eres un estúpido». Las opiniones tienen un gran poder sobre el comportamiento absurdo de las personas que viven en el infierno. Por ese motivo necesitamos oír que somos buenos, que lo estamos haciendo bien, que somos bellos. «¿Qué aspecto tengo? ¿Ha estado bien lo que he dicho? ¿Cómo lo estoy haciendo?»
Necesitamos escuchar las opiniones de los demás porque estamos domesticados y esas opiniones tienen el poder de manipularnos. Por eso buscamos el reconocimiento en los otros; necesitamos el apoyo emocional de ellos; ser aceptados por el Sueño externo a través de los demás. Esta es la razón por la que los adolescentes ingieren alcohol, se drogan o empiezan a fumar. Sólo para ser aceptados por otras personas que opinan que eso es lo que hay que hacer; sólo para que esa gente considere que están «en la onda».
Pero todas esas falsas imágenes que intentamos proyectar provocan un gran sufrimiento en muchos seres humanos. Las personas fingimos ser muy importantes, pero, a la vez, creemos que no somos nada.
Ponemos mucho empeño en ser alguien en el sueño de esa sociedad, en ganar reconocimiento y en recibir la aprobación de los demás. Hacemos un gran esfuerzo para ser importantes, para triunfar, para ser poderosos, ricos, famosos, para expresar nuestro sueño personal e imponer nuestro sueño a las personas que nos rodean. ¿Por qué? Pues porque creemos que el sueño es real y nos lo tomamos muy en serio.
Fuente: Extracto del libro: La Maestría del Amor.
Un libro de sabiduría Tolteca Dr. Miguel Ruiz

Descarga el libro acá:
http://www.ziddu.com/download/8588133/LAMAESTRIADELAMOR.doc.html