jueves, 12 de febrero de 2009

¿QUÉ ES LA RADIESTESIA?



 

La Radiestesia, como todo conocimiento que se precie, existió siempre. Podría decirse quedesde el mismo momento que apareció el Ser Humano en la Tierra.

El término Radiestesia (Radio=energía, estesia=sensibilidad) fue acuñado a principios del siglo pasado por el Abate Bouly. Utilizó este término ya que es más acertado que el de Rabdomancia (Rabdos=varilla, mancia=adivinación) pues en sí no se adivina, sino que se percibe la energía.

Hace aproximadamente un millón de años que el hombre primitivo ya utilizaba (tal vez sin saberlo) lo que hoy conocemos como Radiestesia. En aquella época ¿Qué podía ser más valioso que el oro o el petróleo?: el agua. El agua representaba la vida o la muerte según se la detectara o no. No olvidemos que en sus comienzos, el hombre era más intuitivo, menos racional. Esa intuición hacía que pudiera saber en dónde podía haber algún manantial para poder sobrevivir.

Hoy en día, los que nos dedicamos a la Radiestesia, utilizamos distintos métodos y/o herramientas, para hacer todo tipo de detecciones (en presencia y/o a distancia). ¿Cómo se logra esto? Con la mente. La mente es la generadora de todo. Hay un principio Hermético que dice El Universo es mental. Todo está sostenido en la mente del Todo. Así que cuando pienso en agua, voy a detectar agua y no petróleo porque mi mente se conecta con un valor energético determinado. Por eso las personas que son limpias de pensamiento se van a conectar con energías de luz, las que no lo son, también se van a conectar con energías, pero a diferencia de las anteriores, estas energías van a ser de baja frecuencia, densas. Otro principio reza Lo semejante atrae lo semejante.

Los instrumentos utilizados (péndulos, varillas, aurameters, etc.), son extensiones de nuestro brazo, con ellos podemos amplificar pequeños movimientos inconscientes (imperceptibles) y conocer la Respuesta radiestésica que nos da nuestra mente a través del instrumento.

¿Cuáles son las limitaciones que tiene la Radiestesia? Hasta ahora, no conozco límites, éstos dependerán del operador.

 

SABIA USTED:

Que puede detectar energías:

  • En objetos

  • En lugares

  • En personas

  • Que por la propiedad que tienen los objetos de emitir radiaciones, los podemos buscar cuando los hayamos perdidos

  • Que de la misma forma podemos buscar personas o animales

  • Que hay objetos que por su forma pueden armonizar o desarmonizar un ambiente

  • Que cada vez la gente se enferma más por estar expuesta a las radiaciones de la vida moderna (celulares, microondas, T.V., etc.)

  • Que puede chequear los Chakras de una persona a distancia

  • Que puede armonizarle los Chakras con la misma técnica

  • Que hay energías geopáticas que los médicos desconocen y por lo tanto también desconocen que son las causantes de muchas enfermedades (Cáncer, tumores, problemas coronarios, etc.)

 

Por todo esto y mucho más, sería interesante que Ud. descubra, como yo, este apasionante mundo de las energías sutiles.

KRIYA YOGA EN ESPAÑOL


Sabía usted, que un ciclo de Kriya Yoga equivale a un año de evolución espiritual
Cuando el sonido, la vibración y la luz circulan en el microcosmos, el meditador de Kriya Yoga completa un año entero de Karma. (tomado de la figura número 10 del libro "The Bhagavad Gita in the light of Kriya Yoga de Paramahansa Hariharanada")
ACLARACIÓN:

EL SISTEMA DE KRIYA YOGA ES UN SISTEMA INICIÁTICO, ESTO SIGNIFICA QUE PARA REALIZAR SU PRÁCTICA SE DEBE PASAR POR UNA INICIACIÓN LLAMADA "INICIACIÓN DEL FUEGO", LA CUAL SÓLO LA PUEDE DAR UN ACHARYA O UN SUAMI. EN LA ACTUALIDAD LA INICIACIÓN SE REALIZA EN MIAMI (www.kriya.org)O EN COLOMBIA. ESTA PÁGINA ES MANTENIDA POR UN KRIVAYAN(UNA PERSONA QUE PRÁCTICA KRIYA YOGA), QUIÉN ESTÁ CONVENCIDO DE SUS BENEFICIOS.

sábado, 7 de febrero de 2009

MAGIA DE ARBOLES 2.El amor entre lo grande y lo pequeño es posible







...He oído contar la historiade un antiguo y majestuoso árbol,
cuyas ramas se extendían hacia elcielo.
Al llegar la estación de
las flores,mariposas de todas las formas,
tamaños y colores,
bailaban a su alrededor.


Las aves de países lejanos
se le acercaban y cantaban
cuando florecía y daba frutos.
Las ramas,como manos extendidas,
bendecían a todos los que acudían a sentarse
bajo su sombra.

Un niño solía venir a jugar
junto a él
y el gran árbol se encariñó con el pequeño.


El amor entre lo grande y lo pequeño
es posible,
si el grande no es consciente de su grandeza.
El árbol no sabía que era grande,
sólo el hombre es consciente de eso.
La prioridad de lo grande siempre es el ego,
pero para el amor
nadie es grande o pequeño.

El amor abraza a quienquiera que se le acerque.
Así, el árbol comenzó a sentir amor hacia
ese pequeño que solía ir
a jugar cerca de él.

Sus ramas eran altas,
pero las inclinaba hacia el niño,
de modo que pudiera recogersus flores y sus frutos.

El amor siempre cede;
el ego nunca esta dispuesto a inclinarse.


Si te acercas al ego, susramas se estirarán aún más hacia lo alto;
se pondrá rígido
para que no puedas alcanzarlo.

Pero si el amor llega, el amor de un niño conquisto,.
al ego arisco de ese arbol, el ego que todos llevamos dentro,y que aveces no nos permite dar desde adentro,
compartir con los demás todos los secretos.


arriesga abrirte a los demás compartí el amor vale la pena.
el problema es que muchas veces damos .
esperando recibir , sin percatarnos, que en otro momento.
otra persona en otro lugar, puede darnos,
sin esperar tampoco nada a cambio
.
El secreto es saber esperar con paciencia la respuestasdel universo que siempre llegan , también las gracias.


MAGIA DE ARBOLES 3.justamente cuando descansamos a su sombra, después del largo camino, nos traspasa...........








"La vida solo puede medirse por la intensidad con que se vive y no por su duración. Una mariposa sólo vive unos días, pero es tal la alegría con que despliega sus alas y la luminosidad de sus colores, que en tan breve tiempo se realiza, da lo mejor de sí misma..."
El árbol, por contrario, toma su tiempo, bebe la vida en tragos cortos, la saborea solemne y pausadamente.
De algún modo, los árboles están fuera del tiempo o de nuestro ritmo temporal.
-Su larga y sosegada vida los hace sabios y así representan
la imagen y la garantía de estabilidad para el medio. No en vano son además nuestros
 hermanos más altos, y los más profundos, siempre auscultando la tierra con raíces infinitas...



Si además de com
prender, queremos vivenciar al árbol de algún modo y establecer
 vínculos, nuestra mentalidad y espíritu deben aquietarse para alcanzar el ri
tmo d
el árbol...Así comienza el diálogo que nos permitirá acceder a un conocimiento profundo...El árbol vive ya en ese tiempo sagrado que podemos alcanzar por medio de diferentes técnicas o por su simple
 compañía e inspiración. D
e esta forma el hombre puede conocer diferentes realidades y adentrarse en la experiencia mística, mítica, mágica..


Aquí el árbol funciona como medio y fin; es cierto, existen
 infinidad de caminos con corazón para llegar al centro de nuestro propio ser, pero todos ellos, antes o después,
 aparecen bordeados por árboles frondosos...

Ellos nos enseñan que basta con estar aquí, y justamente
 cuando descansamos a su sombra, después del largo camino, nos traspasa la luz del espíritu..."



Fuente: meditacionesenelmarrojo.blogspot.com

1er.EJECICIO MÁGICO CON LOS ARBOLES



Cuando caminamos entre los árboles en un parque o un bosque, podemos comenzar a sentir la energía de estos maravillosos seres. Los celtas creían que cada árbol poseía un espíritu sabio y que sus rostros podían verse en la corteza de sus troncos y sus voces escucharse en el sonido de las hojas moviéndose con el viento.

Los árboles nos ayudan a establecer contacto con el poder de la naturaleza, trabajar para sanarnos, relajarnos, fortalecernos y, sobre todo, ayudan a comunicarnos los mensajes de la madre Tierra. Puedes realizar los siguientes. ejercicios para integrarte a la magia de los árboles.



Ejercicio 1. Hablar con el espíritu

1.Camina entre los árboles y escoge alguno que te llame la atención.

2.Comienza a observarlo con detenimiento, con deseos de conocerlo, no de analizarlo.

3.Cuando sientas que se conocen un poco más puedes sentarte con tu espalda contra su tronco, cerrar los ojos y sentir la energía que fluye desde la raíz hasta la copa.

4.Cuando hayas podido establecer contacto con la energía del árbol, intenta comunicarte con su espíritu. Preséntate con tu nombre y pídele consejo sobre cualquier situación que necesites, pídele cualquier milagro que necesites, la mágia existe y los milagros también.

5.Escucha la respuesta en tu corazón, da las gracias, levántate y despídete poniendo tu mano derecha sobre su tronco.

La armonía, el amor y la luz están donde la vida te lleve. La iluminación de tus días y los colores con que los veas dependen de vos. No lo olvides, vos y sólo vos sos el hacedor de tus sueños y tu destino.
La armonía, el amor y la luz están donde la vida te lleve. La iluminación de tus días y los colores con que los veas dependen de vos. No lo olvides, vos y sólo vos sos el hacedor de tus sueños y tu destino.

Fuente : Meditaciones en el Mar Rojo : meditacionesenelmarrojo.blogspot.com

2er.EJECICIO MÁGICO CON LOS ARBOLES. ABRAZATE A TU ARBOL





Los árboles nos han acompañado a lo largo de la historia y lo siguen haciendo, brindándonos su protección y energía. Respetados y venerados por numerosos cultos y tradiciones,

Un árbol es mucho más que una planta que tiene tronco leñoso, ramas y hojas, piensen que es un ser vivo, totalmente interrelacionado no sólo con los otros árboles que tiene a su alrededor sino también con los seres humanos.
Si es así, estarían en consonancia con lo que otros pueblos y otras culturas han opinado en torno a sus árboles. No los consideraban como seres 
aislados sino que formaban parte directa de sus mitos y ritos, de sus cultos y prácticas mágicas, de su vida cotidiana y sus usos medicinales.
Sabían qué árboles curaban y qué árboles mataban, cuáles les protegían de los rayos y cuáles los atraían, aquellos que eran buenos para alejar a los insectos y cuáles atraían enfermedades.



En definitiva, sabían que cada árbol alberga un espíritu que le confiere una fuerza determinada, un "alma" que le da un poder genuino y exclusivo, según a la clase que pertenezca.

En la enfermedad y en las preocupaciones, nuestros antepasa
dos buscaban un árbol para abrazarse a su tronco, para transmitirle sus angustias y sus problemas y recibir, a cambio, su fuerza.

Entonces sentían que el árbol era mucho más que un ser inerte y que por su tronco fluía la savia que da energía a aquel que busca su consuelo. Los jóvenes enamorados buscaban el tilo para confiar sus intimidades amorosas porque representaba el vigor de Venus.
Los hombres que iban a la guerra abrazaban al roble porque éste simbolizaba al dios Marte y las personas que no tenían confianza en sí mismas acudían al abedul, que estaba bajo la protección de Mercurio.


Hoy en día se abraza un árbol en los momentos de soledad y tristeza. Se debe saber que se trata de una terapia que recomiendan cada vez más naturistas sabedores de los grandes efectos positivos que tiene.

Ejercicio 2. Abraza a tu árbol

1.Acostumbra salir al campo, bosque o parque más cercano con cierta frecuencia para que comiences a conocer a los árboles. Seguramente podrás encontrar alguno que te atraiga en especial.

2.Cada vez que te sientas enfermo, cansado o bajo de energía, pídele permiso a tu árbol (con aquel que hiciste el ejercicio 1 de preferencia) abrázalo.

3.Mientras te abrazas de su tronco, siente cómo te cargas de energía, te sientes más saludable y te conectas con la madre Tierra.

4.Dale las gracias y despídete poniendo tu mano derecha sobre su tronco.



La armonía, el amor y la luz están donde la vida te lleve. La iluminación de tus días y los colores con que los veas dependen de vos. No lo olvides, vos y sólo vos sos el hacedor de tus sueños y tu destino.
La armonía, el amor y la luz están donde la vida te lleve. La iluminación de tus días y los colores con que los veas dependen de vos. No lo olvides, vos y sólo vos sos el hacedor de tus sueños y tu destino.

Fuente: Meditaciones en el Mar Rojo

martes, 3 de febrero de 2009

Introduccion al Budismo

El Budismo – un camino completo 
hacia el desarrollo personal.


El Budismo es una de las religiones más importantes en el mundo surgida de la inspiración y las enseñanzas de Buda. Es en sí un modo de vida que persigue el desarrollo integral del individuo.

Estas son las Cuatro Nobles Verdades proclamadas por el Buda en su primer sermón y representan los pilares de la enseñanza budista:

  1. Todo en la vida es dolor.
  2. El origen del dolor es la ignorancia que causa el apego.
  3. Hay un camino para dejar el dolor.
  4. Este es el camino de los 8 Senderos:

1) Entendimiento correcto.

2) Pensamiento correcto.

3) Hablar correcto.

4) Accion correcta

5) Forma de vida correcta.           

6) Esfuerzo correcto.

7) Atencion correcta.

8) Concentracion correcta.

Muchas personas piensan que los años perdidos de Jesús de los que no nos habla la Biblia (unos 18) algunos  fueron dedicados al conocimiento de las enseñanzas de Buda, que habia nacido 566 años antes que Jesús. El hecho de Jesús no haberse casado lo cual era practica- mente una obligación judia podria ser un indicio de ello. Debemos recordar que los monjes budistas no contraian matrimonio. Además del rechazo y la critica que sentian ambos por las religiones establecidas a las cuales acusaban de hipocresia.

Ambos llevaban un estilo de vida orientado hacia lo mismo. La mejor descripción queda ilustrada en las siguientes palabras pronunciadas por Buda mismo:

 

Aprende a hacer el bien 
Cesa de causar daño
Controla tu mente  
Beneficia a los demás

 

Buda y Jesús deseaban salvar almas a través de las obras correctas.

El Budismo nos enseña cómo solucionar nuestros problemas y dificultades asi como por comprender y prevenir las causas a partir de las cuales se originan, que son el deseo y el apego (egoismo).

No en balde proclamo Jesús diciendo: Que el reino de Dios no estaba afuera, sino en medio de nosotros mismos. Veamos: Lucas 17: 20-21

20 Y cuando los fariseos le preguntaron acerca de cuándo había de venir el reino de Dios, Jesús les respondió diciendo:

-El reino de Dios no vendrá con advertencia. 21 No dirán: "¡Mirad, aquí está!" o "¡Allí está!" Porque el reino de Dios ya está en medio de vosotros.

Normalmente buscamos la solución a los problemas en las circunstancias externas, mientras que Buda nos enseña a buscarlas dentro de nosotros mismos. El enseñó cómo nuestros sentimientos de insatisfacción surgen de nuestros estados mentales negativos – principalmente el enojo, el apego y la ignorancia- y también ofreció los métodos para eliminarlos, a través de practicar  la generosidad, la compasión, la sabiduría y otros estados mentales positivos. Cultivando estas cualidades podremos descubrir un estado de paz y fortaleza interior.

Buda enseñó que todo lo que existe es impermanente y que no se puede encontrar la felicidad duradera en la ignorancia que produce el samsara, la ignorancia del yo espiritual. El camino a la Nirvana (Iluminación) es eliminar el deseo, lo cual es la causa del sufrimiento. El deseo no es eliminado ni por satisfacción ni por la mortificación, sino por el Camino Mediano del Sendero de Ocho Pasos.

Quien fue Buda?

Historia

Buda significa "Iluminado" aquél cuya mente ha alcanzado el despertar y que puede ponerse, por tanto, más allá del samsara y fuera del sufrimiento. Buda es por tanto todo ser que alcanza este bienaventurado estado; por eso nos referimos a Sidarta Gautama Sakiamuni como a un Buda más, aunque para nosotros el más decisivo, puesto que es el que descubrió predicó y dio forma a las enseñanzas de las que derivan las diferentes escuelas que hoy difunden y mantienen el Darma.

Sidarta nació en el país de los sakias, cuyo territorio se hallaba al sur del actual Nepal el 566 a.c. Su padre, Sudodana, de la casta de los ksatrias (aristócratas guerreros) era "rey" de aquel territorio, es decir, el jefe más poderoso de una confederación de clanes aristocráticos. Su clan propio era el Gautama, de modo que el nombre por el que se conoció al Buda sería el de Sidarta Gautama, denominación a la que se añadiría más tarde la de "sabio de los sakias" (Sakiamuni).La madre de Sidarta se llamaba Mahamaya y era también del más noble linaje. La tradición rodea el advenimiento de Sidarta de numerosas premoniciones y prodigios que indican la gran importancia que la persona y su enseñanza alcanzaron durante su vida y despu és de ella.

El nacimiento se produjo en Lumbini, lugar situado a corta distancia de Kapilavastu, residencia de Sudodana, y al niño se le puso por nombre Sidarta, que significa "cumplimiento del objetivo". Mahamaya murió pocos días después a consecuencia del parto, pero Sidarta fue criado por Mahaprajapati, hermana de su madre y también esposa de su padre.

Durante su niñez y juventud no parece que Sidarta se distinguiera de los demás jóvenes nobles de su tiempo. Según la tradición, el rey Sudodana, que temía perderlo y quedarse así sin primogénito (puesto que, sin duda, tenía muchos más hijos), intentó aislarlo del mundo exterior y hacerlo vivir en un mundo cerrado en el que todo eran placeres y el dolor y la muerte quedaban cuidadosamente ocultos. Recibió la educación literaria, religiosa y militar que eran propias de su condición y, a su debido tiempo se le casó con Yasodara, una bella y noble joven con la que parece que era feliz.

Según la tradición Sidarta tuvo cuatro encuentros que cambiaron completamente su forma de ver el mundo y le impulsaron a buscar algo m ás fuera de los placeres de que estaba rodeado.

El príncipe solía salir con su auriga, Chandaka, a dar paseos fuera del palacio, y en uno de estos vio un día Sidarta a un anciano decrépito que los criados de su padre no habían tenido tiempo de apartar. Asombrado ante aquella decadencia tan extrema, que él no había visto nunca antes, pensó que se trataba de algo extraño, hasta que Chandaka le sacó de su error y le enseñó que, de vivir mucho tiempo, todos los seres perd ían su belleza y muchos de sus atributos para ser viejos y débiles.

En otra ocasión vio un enfermo que sufría un mal repugnante que deformaba su cuerpo y le hacía padecer grandes dolores. El príncipe se sorprendió mucho cuando Chandaka le explicó que esto era algo normal, puesto que los humanos sufr ían enfermedades constantemente.

En otra salida se topó el príncipe con un cortejo funerario, lo que le puso en contacto con la muerte y el principio ineluctable de que todo lo que nace tiene que morir.

Por último, en otro paseo, a quien vio Sidarta fue a un mendigo que, a pesar de vestir muy pobremente y pedir limosna, tenía un aspecto feliz y luminoso. Al preguntar quién era se le contestó que se trataba de un hombre santo que había renunciado a todo para dedicarse a la perfección espiritual.

Todos estos encuentros le habían turbado profundamente y le habían hecho pensar en la falta de sentido de su vida de placer. Comenzó a ver su entorno con otros ojos y a observar el esfuerzo y el sufrimiento de los criados y trabajadores, el de los animales que trabajaban en el campo e incluso el de las mujeres que llenaban el harén del palacio. Comprendió la magnitud del sufrimiento que le rodeaba y en el que estaban sumidos todos los seres y decidió buscar el también una salida a esta rueda de dolor inacabable que se renovaba con cada existencia. Con cerca de treinta años dejó su palacio y su patria, se despojó de adornos y joyas, se vistió como mendigo y como tal aprendió a pedir limosna.

Al principio Sidarta buscó la enseñanza de grandes maestros como Arada y Rudraka, que le enseñaron a meditar hasta niveles muy elevados y, una vez que hubo aprendido se retiró a Bodgaya en el reino de Magadha, en donde se entregó a las más extremas prácticas ascéticas durante seis años. Su fama se extendió y varios ascetas más se le acercaron y se convirtieron en sus discípulos, al ver sus grandes cualidades y los extremos a que llevaba su sacrificio.

El ascetismo extremo, sin embargo, no le hizo progresar demasiado en el camino hacia la iluminación y, cuando Sidarta comprendió que castigar el cuerpo hasta ese extremo no le haría adelantar más de lo que ya estaba volvió a comer mejor, se bañó y reconsideró su posición. Sus discípulos, desilusionados por lo que consideraban un abandono, le dejaron, pero él se dio cuenta de que, con las fuerzas recuperadas, volvía a sentirse capaz de continuar con su esfuerzo. Por eso enunció Sidarta su doctrina de la Madiamika, el camino medio: los excesos de sensualidad y ascetismo no son favorables para perfeccionarse espiritualmente; el sabio debe buscar un equilibrio entre ambos extremos.

Cuando llegó a esta conclusión, volvió a sentarse bajo un árbol (el Bo, o árbol de la iluminación) y tras pasar por varias fases en que sufrió tentaciones de los sentidos e ilusiones producidas por su propio yo, consiguió superar sus limitaciones anteriores y al alcanzar la iluminación convertirse en el Buda. Tenía entonces 35 años.

Sidarta había comprendido que el deseo era la causa del sufrimiento. El deseo crea apego y éste ata a la existencia, fomenta la ilusión del yo y sume a los seres en un estado de ignorancia en que no reconocen la naturaleza de su mente y que los condena a vivir en el samsara.

En un principio el Buda dudó sobre si debía o no enseñar el Darma (su doctrina), pero al final venció su compasión y comenzó su predicación en el parque de los ciervos, cerca de Varanasi (Benarés). Allí le oyeron sus antiguos discípulos, quienes pronto se convirtieron en arhats (los que han elimindo en su interior todos los obstáculos para llegar a la iluminación). A éstos se sumaron muchos otros y así se creó la Sanga, la comunidad de Monjes Budistas, para los que el Buda mismo dio las primeras y fundamentales normas. Reyes y devotos pronto proporcionaron tierras y edificios en los que construir monasterios para alojar el creciente número de monjes.

El Buda continuó dando enseñanzas y ejemplos hasta la edad de ochenta años, momento en que entró en profunda meditación y pasó al Nirvana (Parinirvana) (486 a.c.), pero su enseñanza quedó como guía para ayudar a todos los seres a salir del sufrimiento.

Las enseñanzas de Buda reciben el nombre de «Rueda del Dharma» por la siguiente razón: Se dice que en tiempos remotos había grandes reyes, llamados «reyes chakravatines», que gobernaban el mundo entero. Estos reyes tenían unas posesiones muy especiales, entre las que destacaba una rueda preciosa con la que podían viajar por todo el mundo. El rey podía dominar cualquier región a la que viajara con la rueda. Se dice que las enseñanzas de Buda son como una rueda preciosa, porque allí donde se difunden aquellos que las ponen en práctica tienen la oportunidad de controlar sus mentes.

«Dharma» quiere decir 'protección'. Con la práctica de las enseñanzas de Buda nos protegemos de problemas y sufrimientos. Todos los problemas que surgen en nuestra vida diaria tienen su origen en la ignorancia, y ésta se elimina a través de la práctica del Dharma.

El adiestramiento en el Dharma es el método supremo para mejorar la calidad de nuestras vidas. Ésta depende no sólo del desarrollo externo o progreso material, sino también del crecimiento interno de paz y felicidad. Por ejemplo, en el pasado muchos budistas vivían en países subdesarrollados y pobres, pero disfrutaban de una felicidad pura e imperecedera porque practicaban lo que Buda enseñó.

Si integramos las instrucciones de Buda en nuestra vida diaria, podemos resolver todos nuestros problemas internos y lograr una verdadera apacibilidad mental. Sin paz interior, la paz externa es imposible. Si establecemos primero la paz en nuestro interior por medio del adiestramiento en el camino espiritual, la paz externa surgirá de forma natural; pero si no lo hacemos así, nunca habrá paz en el mundo por muchas campañas que se organicen en su favor.

El budismo o Budadharma son las enseñanzas de Buda y las experiencias o realizaciones que se obtienen al ponerlas en práctica. Buda impartió ochenta y cuatro mil enseñanzas. Todas ellas, junto con sus respectivas realizaciones, constituyen lo que se llama «budismo».

Que es la Meditacion?

El corazón de la práctica de Dharma es la meditación. El propósito de la meditación es pacificar y calmar la mente. Si mantenemos una mente apacible, no tendremos preocupaciones ni angustias y disfrutaremos de verdadera felicidad; pero si nuestra mente está alterada, no conseguiremos sentirnos felices aunque estemos rodeados de las mejores condiciones. Si nos adiestramos en la meditación, iremos descubriendo en nuestro interior una paz y una serenidad cada vez mayores y disfrutaremos de una forma de felicidad que se irá volviendo más pura. Finalmente, estaremos siempre contentos incluso ante las situaciones más adversas.

Por lo general, nos cuesta mucho controlar la mente. Al igual que un globo suelto en el aire se zarandea de un lado a otro al capricho del viento, nuestra mente se tambalea inestable a merced de las circunstancias externas. Si las cosas nos van bien nos sentimos felices, pero si nos van mal enseguida nos enfadamos. Por ejemplo, si logramos lo que deseamos, como nuevas posesiones o un nuevo amigo, nos alegramos excesivamente y nos agarramos a ellos con fuerza; pero, como no nos es posible adquirir todo lo que se nos antoja y es inevitable que algún día nos separaremos de nuestros amigos y posesiones, este apego o adherencia mental sólo nos produce sufrimiento. Por otro lado, si no conseguimos lo que queremos o perdemos algo que nos gusta, nos enfadamos y descorazonamos. Así pues, si nos vemos obligados a trabajar con una persona que no es de nuestro agrado, lo más probable es que nos pongamos de mal humor y nos sintamos ofendidos; como consecuencia, no podremos trabajar de manera eficiente, no encontraremos satisfacción en nuestro trabajo y empezaremos a padecer estrés.

Tales cambios en nuestro estado de ánimo surgen porque nos involucramos demasiado en las situaciones externas. Somos como niños que se emocionan construyendo un castillo de arena en la playa, pero cuando las olas lo destruyen se ponen a llorar. Por medio de la meditación aprendemos a crear un espacio en nuestro interior y una flexibilidad y claridad mentales que nos permiten controlar nuestra mente sin vernos afectados por los cambios en las circunstancias externas. De manera gradual, desarrollamos una estabilidad mental, un equilibrio interior que nos permite permanecer siempre felices en vez de oscilar entre los extremos de la euforia y el desaliento.

Si nos adiestramos en la meditación con regularidad, llegará un día en que seremos capaces de erradicar las perturbaciones mentales, que son las causas de todos nuestros problemas y sufrimientos. De este modo disfrutaremos de la paz interna permanente, conocida como «la liberación» o «el nirvana». A partir de entonces, día y noche, durante una vida tras otra, sólo experimentaremos paz y felicidad.

La meditación es el método para familiarizar la mente con la virtud. Es una conciencia mental que analiza un objeto virtuoso o se concentra en él. Un objeto virtuoso es aquél que nos induce a manifestar una mente apacible cuando lo analizamos o nos concentramos en él. Si contemplamos un objeto y como consecuencia de ello surge una mente agitada, por ejemplo, por el odio o el apego, ésta es una indicación de que ese objeto no es virtuoso. También hay muchos otros objetos que no son ni virtuosos ni no virtuosos, sino neutros.

La meditación puede ser de dos tipos: analítica o de emplazamiento. Cuando contemplamos o estudiamos el significado de cualquier escritura de Dharma que hayamos leído o escuchado, estamos realizando una meditación analítica. La contemplación profunda de esa enseñanza nos conducirá a una determinada conclusión o a manifestar una actitud mental virtuosa. Esta conclusión o actitud mental será el objeto de la meditación de emplazamiento. Una vez que hayamos encontrado el objeto deseado por medio de la meditación analítica, debemos concentrarnos en él sin distracciones por tanto tiempo como podamos a fin de familiarizarnos profundamente con él. Esta concentración convergente es la meditación de emplazamiento. El término «meditación» suele utilizarse para hacer referencia a la meditación de emplazamiento, y «contemplación» para referirse a la meditación analítica. La meditación de emplazamiento depende de la contemplación, y ésta, a su vez, de la escucha o lectura de las enseñanzas de Dharma.

La primera etapa de la meditación consiste en detener las distracciones y lograr una cierta claridad y lucidez en la mente. Esto puede lograrse por medio de un simple ejercicio de respiración. Primero buscamos un lugar tranquilo donde podamos meditar y nos sentamos en una posición cómoda, ya sea la postura tradicional, con las piernas cruzadas una sobre la otra, o cualquier otra posición cómoda. Si lo preferimos, nos podemos sentar en una silla. Lo más importante es mantener la espalda recta para no caer en un estado de somnolencia.

Mantenemos los ojos entreabiertos y enfocamos toda nuestra atención en la respiración. Respiramos de forma natural, preferiblemente a través de los orificios nasales, sin pretender controlar la respiración, e intentamos ser conscientes de la sensación que produce la entrada y salida del aire por la nariz. Esta sensación es nuestro objeto de meditación. Nos concentramos en él intentando olvidar todo lo demás.

Al principio percibiremos que nuestra mente está muy atareada y entonces es posible que pensemos que la meditación la agita aún más; en realidad, lo que ocurre es que empezamos a darnos cuenta de lo ajetreada que normalmente está nuestra mente. Además, tendremos tendencia a seguir los diferentes pensamientos que vayan surgiendo, pero hemos de resistirnos a ello y concentrarnos todo lo que podamos en la sensación producida al respirar. Si descubrimos que nuestra mente se distrae y vaga tras pensamientos e ideas, hemos de retornar de inmediato a la respiración. Repetimos este proceso tantas veces como haga falta hasta que la mente se asiente en la respiración.

Si practicamos de este modo con paciencia, nuestras distracciones irán disminuyendo de manera gradual y experimentaremos una sensación de serenidad y relajación. Nuestra mente se volverá lúcida y espaciosa y nos sentiremos restablecidos. Cuando el mar está encrespado, el sedimento del fondo se agita y el agua se enturbia; pero cuando el viento cesa, el lodo se deposita en el fondo poco a poco y el agua se vuelve transparente. Del mismo modo, cuando por medio de la concentración en la respiración logramos calmar el flujo incesante de nuestras distracciones, nuestra mente se vuelve lúcida y clara. Entonces, intentamos permanecer en ese estado de calma mental durante un rato.

Aunque este ejercicio de respiración no sea más que una etapa preliminar de la meditación, puede llegar a ser muy efectivo. Esta práctica es una prueba de que podemos experimentar paz interior y satisfacción simplemente controlando la mente, sin tener que depender de las condiciones externas. Cuando la turbulencia de las divagaciones mentales disminuye y nuestra mente se calma, surge de forma natural un sentimiento profundo de felicidad y satisfacción. Este sentimiento de bienestar nos ayudará a resolver los problemas y dificultades de la vida diaria. Una gran parte del estrés y de las tensiones que nos afligen se originan en la mente y muchos de nuestros problemas, como la mala salud, son provocados o agravados por el estrés. Si practicamos la meditación en la respiración durante diez o quince minutos al día, seremos capaces de reducir en gran medida nuestro estrés. Experimentaremos una sensación de tranquilidad y espacio en nuestra mente y muchos de nuestros problemas se desvanecerán. Sabremos manejar mejor las situaciones difíciles, nos sentiremos más cerca de los demás, seremos más atentos con ellos y nuestras relaciones mejorarán.

Hemos de adiestrarnos en esta meditación preliminar hasta que logremos una cierta experiencia; pero si deseamos lograr una paz interna permanente y estable, y liberarnos de todos los problemas y sufrimientos, este simple ejercicio de respiración no es suficiente, hemos de emprender formas más prácticas de meditación como las que se presentan en el libro Manual de meditación. Al hacer estas meditaciones, comenzamos calmando la mente por medio de este ejercicio de respiración y proseguimos con las meditaciones analítica y de emplazamiento siguiendo sus respectivas instrucciones. Algunas de estas meditaciones se introducen a continuación en este trabajo.

 


Las cuatro nobles verdades

¿Qué es la liberación?

Extracto del libro Introducción al budismo 
por Gueshe Kelsang Gyatso.

La liberación es el estado de paz interior permanente que se alcanza al abandonar por completo las perturbaciones mentales. Cuando, por medio del adiestramiento en el camino a la liberación, nuestra mente se libere por completo de los engaños, la naturaleza última de la mente se transformará en la liberación o el nirvana. A partir de ese momento estaremos libres del samsara y de todos los sufrimientos que éste conlleva, y nos habremos convertido en un Destructor del Enemigo, un ser que ha eliminado los adversarios internos del apego, el odio y la ignorancia del autoaferramiento.

Como se mencionó con anterioridad, cuarenta y nueve días después de que Buda hubiera alcanzado la iluminación, Brahma e Indra le suplicaron que girara la Rueda del Dharma. La primera enseñanza que Buda dio fue el Sutra de las cuatro nobles verdades, en el cual revela la verdad de los sufrimientos, de los orígenes, de las cesaciones y de los caminos. Se dice que el renacimiento samsárico, como por ejemplo nuestro renacimiento presente, es «una verdad de los sufrimientos» porque constituye la base de todos los demás sufrimientos y perturbaciones mentales; a éstas y a las acciones motivadas por ellas se las llama «verdades de los orígenes» porque son el origen o fuente de todo el sufrimiento. La liberación es «una verdad de las cesaciones» porque es una cesación permanente de las perturbaciones mentales y de los sufrimientos; y los senderos espirituales que nos llevan hacia la liberación constituyen «la verdad de los caminos» porque si los seguimos alcanzaremos «la verdad de las cesaciones». Buda dijo:

«Conoce los sufrimientos, 
abandona sus orígenes.
Alcanza las cesaciones,
medita en los caminos».

Estas palabras nos dicen, en primer lugar, que hemos de comprender que la naturaleza del renacimiento samsárico es sufrimiento y que debemos renunciar a él. En segundo lugar debemos abandonar las perturbaciones mentales y las acciones impuras, ya que son la fuente u origen del renacimiento samsárico y de todos sus sufrimientos; y debemos extraer el significado de nuestra existencia humana alcanzando la liberación. Para lograr esta cesación permanente del dolor hemos de meditar en los caminos que nos llevan a la liberación.

Las cuatro nobles verdades pueden comprenderse y practicarse a diferentes niveles. De forma directa o indirecta, todos los ejercicios de Dharma están contenidos en la práctica de las cuatro nobles verdades. A un nivel básico, podemos comenzar esta práctica reflexionando sobre los sufrimientos causados por el odio. El odio no sólo destruye la paz interior del individuo, sino también la del mundo entero. La causa principal de las dos guerras mundiales y de todas las demás guerras que están teniendo lugar a lo largo de todo mundo es el odio. En menor escala, el odio destruye nuestras relaciones espirituales, nuestra reputación y la armonía familiar y comunitaria. La mayoría de las contiendas, así como de las dificultades cotidianas con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, son producidas por el odio. La raíz de toda nuestra felicidad futura son nuestras predisposiciones kármicas virtuosas, la energía positiva producida por las acciones virtuosas creadas en el pasado, que llevamos grabada en nuestro continuo mental. El odio destruye estos potenciales y nos despoja de los buenos efectos de nuestras acciones nobles. Es más, nos obliga a cometer acciones muy destructivas y de este modo nos arroja a los fuegos de los infiernos en vidas futuras. Nada nos daña más que nuestro propio odio.

Reconociendo los terribles e innecesarios sufrimientos producidos por el odio, debemos desarrollar renuncia por ellos e intentar abandonar su causa, la mente de odio, ejerciendo la paciencia. De este modo podremos lograr la cesación del odio. Los males producidos por esta perturbación mental son verdades del sufrimiento, el odio en sí es una verdad de los orígenes, el adiestramiento en la paciencia es una práctica de la verdad de los caminos, y la cesación permanente del odio es una verdad de las cesaciones. Estos mismos principios podemos aplicarlos también a los sufrimientos producidos por el apego y la ignorancia.

El camino hacia la iluminacion

Cómo convertirse en un Bodhisatva

Como ya se ha explicado, el modo más significativo de utilizar nuestra preciosa existencia humana no consiste en dedicarla al logro de la propia liberación del sufrimiento sino en alcanzar la gran iluminación o Budeidad a fin de ayudar a todos los seres sintientes. Para ello hemos de confiar en las enseñanzas mahayanas de Buda. Primero hemos de generar la preciosa motivación de bodhichita, y después emprender el modo de vida del Bodhisatva con la práctica de las seis perfecciones hasta convertirnos, una vez que hayamos completado este adiestramiento, en un ser iluminado, en un Buda.

La Bodhichita es una mente primaria, motivada por la gran compasión, que desea alcanzar la iluminación total para el beneficio de todos los seres sintientes. Esta mente tan especial no surge de manera espontánea sino que hemos de cultivarla por medio de la meditación durante mucho tiempo. Finalmente, por medio de familiarizarnos con ella, la generaremos de forma natural, día y noche, sin esfuerzo. En ese momento nos habremos convertido en un Bodhisatva, en un ser que avanza rumbo a la iluminación.

Si nos adiestramos en la bodhichita y seguimos el modo de vida del Bodhisatva, llegará un momento en que nuestra mente se liberará de las perturbaciones mentales y de sus impresiones. A las perturbaciones mentales o engaños se los denomina «obstrucciones a la liberación» porque nos mantienen atrapados en el samsara, y a las impresiones de los engaños se las llama «obstrucciones a la omnisciencia» porque impiden que logremos una percepción directa y simultánea de todos los fenómenos. Cuando la mente se libera por completo de las dos obstrucciones, la naturaleza última de la mente se convierte en la iluminación total, llamada también gran liberación o gran nirvana, y nosotros nos convertimos en un Buda.

La raíz de la bodhichita es la gran compasión, una misericordia imparcial que desea proteger del sufrimiento a todos los seres sin excepción. No es posible generar esta gran mente compasiva sin antes sentir amor afectivo por todos los seres. Este amor es una mente que se siente cerca de los demás y los estima. Si amamos a los demás, cuando comprendamos que están sufriendo sentiremos compasión por ellos de manera natural. Por lo tanto, para convertirnos en un Bodhisatva, primero hemos de experimentar este amor afectivo por todos los seres sintientes y luego generar las mentes de gran compasión y bodhichita.

Amor afectivo

Buda enseñó que para cultivar este amor afectivo por todos los seres hemos de aprender a reconocerlos como nuestras madres y contemplar lo bondadosos que son con nosotros. Con este fin realizamos la siguiente contemplación: Puesto que es imposible encontrar el principio de nuestro continuo mental, podemos deducir que en el pasado hemos renacido incontables veces y, en consecuencia, que hemos tenido innumerables madres. ¿Dónde están ahora todas ellas? Nuestras madres son los seres sintientes.

Es incorrecto pensar que nuestras madres de vidas pasadas han dejado de serlo porque ha transcurrido mucho tiempo desde que se preocuparon de nosotros. Si nuestra madre muriera hoy, ¿dejaría acaso de ser nuestra madre? Todavía la consideraríamos como tal y rezaríamos por su felicidad. Lo mismo ocurre con todas las madres que tuvimos en el pasado –murieron pero siguen siendo nuestras madres–.  El que no nos reconozcamos sólo se debe a que hemos cambiado nuestra apariencia externa.

En nuestra vida diaria nos encontramos con diferentes seres sintientes: humanos y no-humanos. A algunos los consideramos como amigos, a otros como enemigos y a la mayoría como extraños. Este tipo de discriminación es producto de nuestras mentes erróneas y no es verificado por una mente válida. Como resultado de las diferentes relaciones kármicas que mantuvimos en el pasado, algunos seres nos parecen agradables y atractivos, otros desagradables y otros ni lo uno ni lo otro. Tenemos la tendencia a aceptar estas impresiones sin vacilar, como si fueran realmente ciertas. Pensamos que las personas que nos agradan son de por sí agradables, y que las que nos desagradan son intrínsecamente desagradables. Esta manera de pensar es incorrecta. Si las personas que nos parecen atractivas lo fueran por sí mismas, cualquiera que las viera las consideraría también de tal modo; lo mismo sucedería con las que consideramos desagradables; pero esto no es así. En vez de asentir a este tipo de mentes erróneas, es mucho más beneficioso considerar que todos los seres sintientes son nuestras madres. Al encontrarnos con alguien hemos de pensar: «Esta persona es mi madre. De esta manera generaremos un sentimiento ecuánime de afecto por todos los seres.

Si pensamos que todos los seres sintientes son nuestras madres, nos resultará más fácil generar sentimientos sinceros de amor y de compasión hacia ellos, nuestras relaciones diarias serán más estables y constructivas, y de manera natural evitaremos cometer acciones perjudiciales, como matar o hacer daño a los demás. Puesto que reconocer que todos los seres son nuestras madres aporta enormes beneficios, deberíamos adoptar esta manera de pensar sin vacilaciones.

Una vez que estamos convencido de que todos los seres son nuestras madres, a fin de generar amor afectivo hacia ellos, reflexionamos y recordamos lo bondadosos que han sido con nosotros.

Cuando fuimos concebidos, si nuestra madre no hubiera querido mantenernos en su seno, podría haber cometido un aborto, y si lo hubiera hecho, ahora no dispondríamos de esta vida humana. Gracias a que tuvo un buen corazón nos mantuvo en su seno y ahora disfrutamos de esta existencia humana con todas sus ventajas. Cuando éramos un bebé nos cuidó con extremada atención. De no haberlo hecho, lo más probable es que hubiésemos sufrido algún accidente y ahora estaríamos lisiados, ciegos o mentalmente discapacitados. Por fortuna, nuestra madre nunca nos descuidó. Veló por nosotros día y noche con gran amor y cariño considerándonos más importantes que ella misma. ¡Cuántas veces al día nos tuvo que salvar de todo tipo de peligros! Por la noche interrumpimos su sueño y durante el día sacrificó sus pequeños placeres por nosotros. Tuvo que abandonar su trabajo, y cuando sus amigos salían a divertirse, ella se quedaba en casa para cuidarnos. Gastó todos sus ahorros para proporcionarnos los mejores alimentos y ropas. Nos enseñó a comer, a andar y a hablar. Pensando en nuestro futuro hizo todo lo posible para que recibiéramos una buena educación. Gracias a su extremada bondad podemos aprender cualquier cosa que nos propongamos. Debido principalmente a la benevolencia de nuestra madre, ahora tenemos la oportunidad de practicar el Dharma y alcanzar la iluminación.

Puesto que no hay nadie que no haya sido nuestra madre en alguna de nuestras vidas pasadas, y dado que cuando fuimos su hijo nos trató con el mismo amor y cuidado que nuestra madre actual, podemos afirmar que todos los seres han sido muy bondadosos con nosotros.

La bondad de todos los seres no se limita al período de tiempo en que fueron nuestra madre. Todas y cada una de nuestras necesidades diarias nos son provistas gracias a la amabilidad de otros. Vinimos desnudos al mundo, pero desde el primer día se nos dio un hogar, se nos alimentó y vistió, y se nos proporcionó todo lo que necesitábamos –gracias a la amabilidad de los demás–. Todo lo que disfrutamos es el resultado de la generosidad de que hemos sido objeto por parte de muchas personas ya sea en el pasado o en el presente.

Ahora, podemos hacer uso de muchas cosas con el mínimo esfuerzo. Si consideramos las facilidades públicas, como carreteras, automóviles, aviones, barcos, restaurantes, hoteles, bibliotecas, hospitales, tiendas, dinero y demás, es obvio que muchas personas han trabajado duro para que todo esto sea una realidad. Aunque nosotros no aportemos muy poco o nada para que el abastecimiento de estas comodidades sea posible, éstas están disponibles para nuestro propio uso, lo cual es una muestra continua de la benevolencia de los demás.

Tanto nuestra educación secular como nuestro adiestramiento espiritual no hubieran sido posibles sin la ayuda y amabilidad de otros seres. Todas las realizaciones de Dharma, desde las primeras experiencias hasta los logros de la liberación y la iluminación, las alcanzaremos también gracias a la gran bondad de los demás.

Cuando reconozcamos que todos los seres son nuestras madres y reflexionemos en su bondad, experimentaremos un amor afectivo ecuánime por todos ellos. En cierta ocasión una mujer pidió al gran Maestro tibetano Gueshe Potoua que le explicase qué era el amor afectivo y él repuso: «¿Qué sientes cuando ves a tu propio hijo? Te sientes muy feliz de verle y te parece lo más hermoso del mundo. Si consideramos a todos los seres del mismo modo, sintiéndonos cerca de ellos y queriéndolos, habremos desarrollado el amor afectivo».

Nuestra propia madre quizá no sea muy bella ni vista con elegancia, pero debido a que tenemos una relación especial con ella, a nosotros nos parece la más hermosa. La queremos y si vemos que está sufriendo, de manera espontánea sentimos una profunda compasión por ella. Si generamos este enternecido corazón en relación a todos los demás seres, habremos generado lo que se llama amor afectivo. Con este amor por todos los seres es imposible que sintamos celos o nos enfademos con ellos. Si mejoramos nuestro reconocimiento de la bondad de los demás, desarrollaremos de modo natural este corazón cálido y afectuoso y, como consecuencia, sentiremos una gran estima por ellos. A pesar de que los demás posean faltas sabremos valorar sus cualidades, del mismo modo que una madre ve siempre el lado bueno en sus hijos, sin importar lo que hagan.

La gran compasión

La gran compasión es el deseo espontáneo de liberar a todos los seres del sufrimiento del samsara. Si después de haber generado amor afectivo por todos los seres contemplamos cómo están atrapados en el samsara soportando problemas sin cesar, desarrollaremos con facilidad compasión por ellos. Anteriormente se explicó cómo generar renuncia al samsara por medio de la contemplación de los siete tipos de sufrimiento, desde el sufrimiento del nacimiento hasta el de no poder satisfacer nuestros deseos. Si recordamos ahora estos razonamientos y los aplicamos en relación a los demás seres, nos daremos cuenta que todos están padeciendo de manera insoportable. Hemos de contemplar estos sufrimientos hasta que generemos en nuestro corazón una fuerte compasión por todos los seres. A continuación meditamos sobre este sentimiento sin distracciones.

Bodhichita

Cuando hayamos generado una mente de gran compasión por todos los seres, hemos de pensar:

Quiero liberar a todos los seres del samsara, pero ¿cómo puedo conseguirlo? Mientras yo mismo permanezca en el samsara no podré ayudarles. Si no soy capaz de resolver mis propios problemas, ¿cómo voy a solucionar los de los demás? Sólo un Buda tiene el poder de proteger a todos los seres sintientes y de proporcionarles una felicidad pura. Por lo tanto, para cumplir mi deseo de liberar a todos los seres del sufrimiento, voy a alcanzar el estado de Buda.

Podemos meditar en este pensamiento una y otra vez hasta que lo generemos de manera espontánea día y noche. Cuando esto sea así, habremos logrado la verdadera realización de la bodhichita y nos habremos convertido en un Bodhisatva, en un hijo o hija de los Budas. El mero deseo de querer ser un Buda para el beneficio de todos los seres es lo que se llama «la bodhichita aspirante». Después, si hacemos la promesa sincera de seguir el modo de vida del Bodhisatva por medio de la práctica de las seis perfecciones, nuestra bodhichita aspirante se convertirá en «la bodhichita comprometida».


La Vacuidad

La Verdad Ultima

Extracto del libro Introducción al budismo 
por Gueshe Kelsang Gyatso.
Esta sección incluye los temas: 
La vacuidad del yo y 
La vacuidad del cuerpo

La verdad última es la vacuidad. La vacuidad no es la nada, sino la carencia de existencia inherente. La mente de autoaferramiento proyecta de manera errónea una existencia inherente a los fenómenos. Todos los fenómenos aparecen ante nuestra mente como si existieran de forma independiente y, sin darnos cuenta de que esta apariencia es equívoca, asentimos instintivamente a ella y aprehendemos todos los fenómenos como si existieran de forma inherente y verdadera. Ésta es la razón principal por la cual nos hallamos atrapados en el samsara.

En la realización de la vacuidad hay dos etapas. La primera consiste en identificar con claridad el modo en que los fenómenos aparecen ante nuestra mente, como si existieran de forma inherente, y cómo creemos con firmeza que esta apariencia es cierta. Este proceso es lo que se llama «identificación del objeto de negación». Para que nuestra comprensión de la vacuidad sea correcta es de suma importancia comenzar con una idea clara de lo que hemos de negar. La segunda etapa consiste en refutar el objeto de negación, esto es, probarnos a nosotros mismos por medio de varios tipos de razonamientos que el objeto de negación en realidad no existe. De este modo, llegaremos a realizar la ausencia o inexistencia del objeto de negación.

Debido a que nuestro aferramiento hacia nosotros mismos y hacia nuestro cuerpo es mayor que hacia otros objetos, debemos comenzar contemplando la vacuidad de estos dos fenómenos. Para ello, nos adiestramos en las dos meditaciones que se explican a continuación: la meditación sobre la vacuidad del yo y la meditación sobre la vacuidad del cuerpo.

 

La vacuidad del yo

Identificación del objeto de negación

A pesar de que nos aferramos constantemente al yo como si existiera de forma inherente, incluso cuando dormimos, no es fácil identificar cómo este yo aparece en nuestra mente. Para identificarlo con claridad, hemos de empezar dejando que se manifieste con fuerza al contemplar aquellas situaciones en las cuales generamos con más intensidad de lo normal un fuerte sentimiento del yo, como ocurre cuando nos sentimos avergonzados, turbados, atemorizados o indignados. Recordamos o imaginamos estas situaciones y entonces, sin necesidad de analizarlas o de juzgarlas, intentamos percibir con claridad la imagen mental de este yo apareciendo de manera espontánea y natural. Hemos de tener paciencia, pues es muy posible que necesitemos varias sesiones de meditación hasta que logremos percibir con claridad esta imagen mental del yo. Llegará un momento en el que nos daremos cuenta de que el yo parece ser algo concreto y real que existe por su propia parte sin depender del cuerpo o de la mente. Este yo que aparece tan vívido es el yo con existencia inherente al que queremos profundamente. Es el yo que defendemos cuando nos critican y del cual nos enorgullecemos cuando nos alaban.

Una vez hemos imaginado cómo surge el yo en estas circunstancias límite, hemos de intentar identificar cómo se manifiesta de manera normal en situaciones menos extremas. Por ejemplo, podemos observar el yo que ahora lee este libro e intentar ver cómo aparece en la mente. Al final comprobaremos, que aunque no tengamos un sentimiento tan fuerte del yo, aún lo percibimos como si existiera de forma inherente, por su propio lado y sin depender del cuerpo ni de la mente.

Una vez tengamos la imagen de este yo inherentemente existente hemos de concentrarnos en él por un cierto tiempo para, a continuación, pasar a la segunda etapa de la meditación.

Refutación del objeto de negación

Si el yo existe de la manera en que aparece, ha de existir de una de las cuatro formas siguientes: como el cuerpo, como la mente, como el conjunto del cuerpo y de la mente o como algo separado del cuerpo y de la mente. No existe ninguna otra posibilidad. Reflexionamos sobre estos puntos con cuidado hasta que quedemos convencidos de que es así. Entonces pasamos a examinar cada una de estas cuatro posibilidades:

1. Si el yo es el cuerpo, no tendría sentido decir «mi cuerpo» porque el poseedor y lo poseído serían la misma cosa.

Si el yo es el cuerpo, no habría renacimiento porque el yo dejaría de existir cuando el cuerpo perece.

Si el yo y el cuerpo son la misma cosa, debido a que podemos generar fe, soñar, resolver problemas matemáticos, etc., se deduciría que nuestra carne, huesos y sangre deberían poder hacer lo mismo.

Ya que ninguna de estas hipótesis es cierta, se deduce que el yo no es el cuerpo.

2. Si el yo es la mente, no tendría sentido decir «mi mente» porque el poseedor y lo poseído serían la misma cosa. Pero, por lo general, cuando pensamos en nuestra mente, decimos «mi mente», lo cual indica con claridad que el yo no es la mente.

Si el yo fuera la mente, dado que cada persona posee muchos tipos de mente, tales como las seis consciencias, mentes conceptuales y mentes no–conceptuales, etc. se deduciría que cada persona posee tantos yoes como mentes; y como esto es del todo absurdo, se deduce que el yo no es la mente.

3. Puesto que el cuerpo no es el yo ni la mente es el yo, el conjunto del cuerpo y de la mente tampoco puede ser el yo. El conjunto del cuerpo y de la mente es un conglomerado de cosas que no son el yo; ¿cómo, entonces, puede este conjunto ser el yo? Por ejemplo, en un rebaño de ovejas no hay ningún animal que sea una vaca y, por consiguiente, el rebaño en sí no puede ser una vaca. De la misma manera, del conjunto del cuerpo y de la mente, ninguno de los dos factores que lo forman es el yo, por lo que el conjunto en sí tampoco puede ser el yo.

Es posible que encuentres este punto difícil de entender, pero si reflexionas sobre él con tiempo y calma, y lo discutes con otros practicantes de más experiencia, se irá esclareciendo. También puedes consultar libros autorizados sobre el tema como, por ejemplo, el Corazón de la Sabiduría.

4. Si el yo no es ni el cuerpo ni la mente ni el conjunto de estos dos, la única posibilidad que queda es que sea algo separado del cuerpo y de la mente. Si esto fuera así, deberíamos ser capaces de aprehender el yo sin percibir el cuerpo o la mente; pero si imaginamos que nuestro cuerpo y mente desaparecen, no quedaría nada que pudiera denominarse el «yo». Por lo tanto, se deduce que el yo no es algo que exista separado del cuerpo y de la mente.

Imaginamos que nuestro cuerpo se disuelve de manera gradual en el aire. Luego nuestra mente se disuelve, los pensamientos se desvanecen en el viento, nuestros sentimientos, deseos y consciencia desaparecen en la nada. ¿Queda algo que sea el yo? Nada en absoluto. Podemos darnos cuenta de que el yo no es algo separado del cuerpo y de la mente.

Tras haber examinado las cuatro posibilidades no hemos conseguido encontrar el yo. Antes decidimos que no hay una quinta posibilidad, por tanto, concluimos que ese yo de existencia inherente, que aparece normalmente tan vívido, no existe. Allí donde antes encontrábamos el yo de existencia inherente, ahora, encontramos su ausencia. Esta ausencia es su vacuidad, la falta de existencia inherente del yo.

Realizamos esta contemplación hasta que en nuestra mente aparezca la imagen mental de la ausencia del yo de existencia inherente. Esta imagen es nuestro objeto de meditación. Hemos de familiarizarnos con él y, para ello, nos concentramos en él sin distracciones.

Debido a que desde tiempo sin principio nos hemos aferrado a este yo inherentemente existente y lo hemos querido y protegido más que a ninguna otra cosa, la experiencia de no poder encontrarlo en meditación puede resultarnos desconcertante. Algunas personas sienten miedo creyendo que dejan de existir del todo. Otras se sienten más felices al ver que la fuente de sus problemas se desvanece. Ambas reacciones son buenas señales de que nuestra meditación va por buen camino. Al cabo de un cierto tiempo, estas reacciones iniciales irán disminuyendo y nuestra meditación será más estable. Entonces seremos capaces de meditar en la vacuidad con calma y control. Debemos dejar que la mente se absorba en el espacio infinito de la vacuidad por tanto tiempo como podamos. Es importante recordar que el objeto de concentración es la vacuidad, la ausencia de un yo inherentemente existente, y no un mero vacío. De vez en cuando hemos de vigilar cómo va nuestra meditación. Si nuestra mente vaga tras otro objeto o si hemos perdido el significado de la vacuidad y nos estamos concentrando en una mera nada, hemos de volver a repetir las contemplaciones a fin de percibir la vacuidad con claridad.

Podemos pensar: «Si el yo de existencia inherente no existe, entonces, ¿quién está realizando esta meditación? ¿Quién se va, al terminar esta sesión de meditación, a hablar con otras personas, y a contestar cuando pronuncien mi nombre?». A pesar de que no hay nada en el cuerpo o en la mente, o fuera de éstos, que sea el yo, no quiere decir que el yo no exista de ninguna manera. Aunque el yo no existe de ninguna de las cuatro maneras mencionadas, aún existe a nivel convencional. El yo es meramente una designación imputada por la mente conceptual sobre el conjunto del cuerpo y de la mente. Mientras estemos satisfechos con la simple designación de «yo», no hay problema. Podemos pensar: «Yo existo», «me voy a dar un paseo», etc. El problema surge cuando buscamos un yo distinto de la mera imputación conceptual «yo». La mente de autoaferramiento se aferra a un yo de existencia última, independiente de la imputación conceptual, como si hubiera un 'verdadero yo' detrás de tal designación. Si tal yo existiera, nos sería posible encontrarlo, pero hemos comprobado tras este análisis que no podemos hallarlo. La conclusión de nuestra búsqueda es que no podemos encontrar tal yo. Esta imposibilidad de encontrar el yo es su vacuidad, la naturaleza última del yo. Por otra parte, el yo que existe como una mera imputación es la naturaleza convencional del yo.

La vacuidad del cuerpo

Identificación del objeto de negación

El modo de meditar sobre la vacuidad del cuerpo es similar al del yo. Primero hemos de identificar el objeto de negación.

Normalmente, cuando pensamos «mi cuerpo», lo que aparece en nuestra mente es un cuerpo que existe por su propio lado con entidad propia e independiente de sus partes. Tal cuerpo es el objeto de negación y no existe. Los términos «cuerpo verdaderamente existente», «cuerpo con existencia inherente» y «cuerpo que existe por su propio lado» son sinónimos.

Refutación del objeto de negación

Si el cuerpo existe como lo percibimos, ha de existir de una de las dos maneras siguientes: siendo uno con sus partes o siendo algo distinto de sus partes; no hay una tercera posibilidad.

Si el cuerpo es uno con sus partes, ¿es el cuerpo una de las partes individuales o es el conjunto de ellas? Si es una de las partes, entonces, ¿cuál de ellas es? ¿Es acaso las manos, la cabeza, la piel, el esqueleto, la carne o los órganos internos? Si analizamos cada posibilidad, ¿es la cabeza el cuerpo?, ¿es la carne el cuerpo?, etc., descubriremos con facilidad que ninguna de las partes del cuerpo es el cuerpo.

Si ninguna de las partes del cuerpo constituye el cuerpo, ¿es el cuerpo el conjunto de sus partes? El conjunto de las partes del cuerpo no puede ser el cuerpo. ¿Por qué? Porque todas las partes del cuerpo son no-cuerpos y, por lo tanto, ¿cómo es posible que un conjunto de no–cuerpos sea un cuerpo? Las manos, los pies, etc., son partes del cuerpo pero no el cuerpo en sí. A pesar de que todas estas partes estén unidas entre sí, aún no son más que partes del cuerpo, y no pueden transformarse por arte de magia en el poseedor de tales partes –el cuerpo–.

Si las partes del cuerpo no son el cuerpo, la única posibilidad que queda es que sea algo separado de sus partes; pero si todas las partes del cuerpo desaparecieran, no quedaría nada que pudiera llamarse el cuerpo. Hemos de imaginar que todas las partes de nuestro cuerpo se transforman en luz y desaparecen. Primero desaparece la piel, luego la carne, la sangre y los órganos internos y, finalmente, el esqueleto se transforma en luz y también desaparece. ¿Queda algo que sea el cuerpo? Nada; por lo tanto, no existe tal cuerpo separado de sus partes.

Hemos agotado todas las posibilidades de encontrar tal cuerpo. Las partes del cuerpo no son el cuerpo y éste no es algo separado de sus partes. No podemos hallar el cuerpo. Allí donde percibíamos un cuerpo de existencia inherente, ahora percibimos su ausencia. Esta ausencia es su vacuidad, la falta de un cuerpo de existencia inherente.

Una vez hemos reconocido que esta ausencia es la carencia de un cuerpo con existencia inherente, meditamos sobre ella de manera convergente. Una vez más, examinamos nuestra meditación con vigilancia mental para asegurarnos de que estamos meditando en la vacuidad del cuerpo y no en una nada sin sentido. Si perdemos el significado de la vacuidad, hemos de repetir las contemplaciones previas para recuperarlo.

Como en el caso del yo, el hecho de que el cuerpo no pueda hallarse tras una investigación no implica que el cuerpo no exista en modo alguno. El cuerpo existe, pero sólo como una imputación convencional. Según la norma convencional, podemos imputar «cuerpo» al conjunto de miembros, tronco y cabeza; pero si intentamos señalar el cuerpo esperando encontrar un fenómeno substancialmente existente, al que nos referimos con la palabra «cuerpo», no lo encontraremos. Esta imposibilidad de encontrar el cuerpo es su vacuidad, la naturaleza última del cuerpo; mientras que el cuerpo que existe como mera imputación es la naturaleza convencional del cuerpo.

A pesar de que es incorrecto afirmar que el cuerpo es idéntico al conjunto de la cabeza, el tronco y los miembros, no es erróneo decir que el cuerpo ha sido imputado sobre este conjunto. Aunque las partes del cuerpo sean una pluralidad, el cuerpo es una unidad singular. «El cuerpo» es simplemente una imputación realizada por la mente que lo designa. No existe por la parte del objeto. No es incorrecto imputar un fenómeno singular a un grupo de varias cosas. Por ejemplo, podemos asignar la palabra singular «bosque» a un conjunto de varios árboles, o «rebaño» a un grupo de ovejas.

Todos los fenómenos existen por convenio; nada existe de manera inherente. Esto es aplicable a la mente, a los Budas e, incluso, a la vacuidad misma. Todo es meramente imputado por la mente. Todos los fenómenos tienen partes porque los fenómenos físicos tienen partes físicas y los fenómenos inmateriales poseen atributos que pueden distinguirse a nivel conceptual. Utilizando el mismo tipo de razonamiento que el expuesto arriba nos daremos cuenta de que ningún fenómeno es uno con sus partes, ni con el conjunto de ellas, ni separado de las mismas. De este modo podremos comprender la vacuidad de todos los fenómenos.

Es de particular importancia que meditemos sobre la vacuidad de los objetos que nos provocan fuertes emociones perturbadoras, como el odio y el apego. Con un análisis correcto nos daremos cuenta de que el objeto que deseamos o el que rechazamos no existe por su propio lado –su belleza o fealdad e incluso su propia existencia son imputadas por la mente–. Pensando de este modo descubriremos que no hay razón alguna para generar odio o apego.

Debido a nuestros hábitos mentales negativos, producidos por nuestra familiaridad desde tiempo sin principio con la ignorancia del aferramiento propio, todo lo que aparece en nuestra mente parece ser que existiera por su propia parte. Esta apariencia es del todo errónea. De hecho, los fenómenos son totalmente vacíos de existencia propia. Los fenómenos existen sólo después de haber sido imputados por la mente. Familiarizándonos con esta verdad podemos erradicar el autoaferramiento, la raíz de todas las perturbaciones mentales y de todas las faltas.

Durante el día, cuando no estamos meditando, debemos esforzarnos por reconocer que todo lo que aparece en nuestra mente carece de existencia verdadera. En sueños, las cosas aparecen con nitidez, como si fueran reales, pero al despertar, de inmediato somos conscientes de que los objetos percibidos en el sueño no eran más que apariencias mentales, que no existían por su propio lado. Hemos de considerar todos los fenómenos del mismo modo. A pesar de que aparecen con viveza en nuestra mente, carecen de existencia inherente.